miércoles, 30 de marzo de 2016

“Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”


En la ceremonia del Acies –uno de los actos públicos de la Legión, según lo relata el Manual del Legionario[1]-, hay que considerar dos aspectos: por un lado, el significado de la reunión bajo esta particular convocación; por otro, la fórmula que el legionario, aferrado al vexillium, pronuncia solemnemente. Con respecto al Acies, el Manual del Legionario enseña que es una “voz latina que significa un ejército en orden de batalla”[2] y que, como tal, se diferencia del praesidium, en el que la Legión se encuentra abocada a sus tareas específicas[3]. Es decir, en el Acies, la Legión se reúne “como un ejército formado para la batalla”, lo cual es, en sí mismo, una imitación de la Virgen, según la descripción que de Ella hace San Alfonso: “María es el espanto de los poderes infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos”. En la ceremonia del Acies, entonces, la Legión se reúne bajo el estandarte de María como un ejército espiritual, así como un ejército terreno se reúne bajo la bandera nacional a las órdenes de su general; al hacerlo, la Legión, además de imitar a la misma Virgen, recibe de Ella “fuerza y bendición”[4] y se pone a sus órdenes para combatir al enemigo. ¿Cuál es el enemigo? El Manual del Legionario lo dice: “las fuerzas del mal”, las cuales no están compuestas por personas de carne y hueso sino, como dice San Pablo, sino que se trata de los ángeles caídos, “las malignas potestades de los cielos”: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). Se trata entonces de una convocatoria espiritual, para recibir la fuerza y la bendición de la Virgen, para de esta manera combatir al enemigo espiritual, las fuerzas del mal, los ángeles apóstatas. Pero no debemos olvidar que el mal está en nuestros propios corazones, como dice Jesús en el Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 7, 21), por lo que la lucha es también y principalmente, contra nosotros mismos, contra nuestra indolencia, nuestra pereza, nuestra falta de amor al prójimo, contra nuestras malas inclinaciones en general.
Y es por estas razones por las cuales adquiere todo su sentido la fórmula de la consagración personal a la Virgen en la ceremonia del Acies: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”, porque esta consagración esta constituye para el legionario una renovación en su misión espiritual de imitar a María con el fin de que la Virgen instaure el Reino de su Hijo en el mundo. El hecho de que el legionario tome con su mano el vexillium o estandarte de María tiene un profundo significado espiritual porque es, literalmente, colocarse uno bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa que el legionario, libre y voluntariamente, se alista en las filas del Ejército de María para luchar “contra las fuerzas del mal” directamente bajo las órdenes de la Virgen (en realidad, lo libre es la respuesta a la gracia recibida, la de integrar el ejército mariano). Es por esto que el Acies no es una mera ceremonia piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María quien, invisible a los ojos del cuerpo, pero presente en cuerpo y en espíritu, congrega a sus elegidos y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su Inmaculado Corazón. Por el Acies, el legionario renueva su “unión y dependencia”[5] con la Virgen: unión, porque se une más estrechamente al Corazón de María; dependencia, porque para cumplir la misión asignada, depende en todo de la Virgen, que es Mediadora de todas las gracias. Y en la ceremonia, junto a la Virgen, están los ángeles, de quienes la Virgen es Reina, y también está su Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, de modo que toda la corte celestial, pero sobre todo el Rey de los cielos, Jesucristo, y la Reina de los cielos, la Virgen, son testigos de esta ceremonia y consagración. Por medio de la ceremonia del Acies, entonces, el legionario queda bajo las órdenes de la Virgen, lo cual quiere decir que está más protegido por Ella, pero también significa que sus faltas –por ejemplo, la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que implica la Legión-, le provocan a la Virgen un dolor agudo y profundo en su Inmaculado Corazón, porque las faltas o pecados de los consagrados son para Ella mucho más dolorosas que las faltas o pecados de quienes no están consagrados. Para que nos demos una idea de cómo son los dolores que experimenta la Virgen cuando se trata de tibieza, indiferencia o incluso imperfecciones de sus consagrados, recordemos a la Virgen en sus apariciones en Fátima: la corona de espinas que rodea a su Inmaculado Corazón representa los pecados de sus hijos, y las espinas más gruesas, representan los pecados de los consagrados, entre ellos, los legionarios. La Virgen, entonces, sufre en su Corazón por las faltas de los legionarios, por pequeñas que sean, y si la Virgen sufre, también sufre la Legión, porque la Legión está en el Corazón de la Virgen. Entonces, cuando un miembro de la Legión falla en sus deberes y en sus obligaciones, no solo se resiente toda la Legión, sino que es la Virgen la que, en persona, sufre en su Inmaculado Corazón. Y si la Virgen sufre por la tibieza de sus hijos consagrados, los legionarios, el que pone remedio al dolor de su Madre es su Hijo, Jesucristo: “A los tibios los vomitaré de mi boca” (Ap 3, 16). Que María Santísima incendie nuestros corazones en el fuego de Amor que envuelve su Inmaculado Corazón, para que evitemos siempre la tibieza espiritual.




[1] Cfr. Capítulo XXX.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 5 de marzo de 2016

El Legionario y la imitación de María


         Muchas veces nos preguntamos por qué no crecemos en la vida espiritual, o por qué tal o cual apostolado no da frutos. La razón nos la da el Manual del Legionario: porque –por uno u otro motivo- no tenemos a María en el corazón, en el pensamiento, en el obrar[1].
         Si el legionario no está unido estrechamente a María, dice el Manual, no podrá lograr su fin, que es el de manifestar a María al mundo, como medio (de María) para conquistar al mundo para Jesucristo[2]. Es decir, la Virgen quiere manifestar al mundo a su Hijo Jesucristo y lo quiere hacer por medio de los legionarios y por medio de la Legión, pero para que eso sea posible, la unión con María debe ser tal, que sea María la que viva en el legionario –parafraseando a la Escritura- para que, a través del legionario, se manifieste María al mundo, como condición sine qua non de la manifestación de Jesucristo al mundo. Pero si el legionario no está estrechamente unido a María, es como “un soldado sin armas”, como “el eslabón roto de una cadena”[3].
         Ahora bien, ¿cómo es esta unión con María? Podemos utilizar una imagen, la de la unión del alma con el cuerpo: se trata de una unión muy fuerte, porque el alma es lo que da vida al cuerpo y sin el alma, el cuerpo muere. Es decir, el cuerpo depende, para su vida corporal, del alma, que le da vida al cuerpo. Según el Manual, la unión entre el legionario y María –y por lo tanto su dependencia vital- es aún mucho más fuerte; tanto, que puede decirse que María es mucho más que “el alma y la vida del legionario”. En otras palabras: el alma depende, para su vida espiritual, mucho más que el cuerpo depende, para su vida corporal, del alma. María es “el alma del alma”, la vida de la vida corporal, si podemos decir así, y el motivo lo encontramos en uno de los títulos que la Iglesia le da a la Virgen: Madre de la Divina Gracia. Porque la Virgen es la Madre de la Gracia Increada, Jesucristo, y porque la Virgen es Mediadora de todas las gracias, y puesto que la gracia santificante, de Jesucristo, que es la vida de nuestra alma, nos viene por María en cuanto Mediadora de todas las gracias, es que podemos decir que el alma depende, para su vida espiritual, más que el cuerpo depende del alma, para su vida corporal. Aquí, dice el Manual, podemos darnos una idea del “dominio –dependencia- absoluto de María sobre el alma, un dominio más estrecho e íntimo que el de la madre con el hijo”[4]. Hay otros ejemplos que nos da el Manual, para reforzar esta idea de la dependencia espiritual del alma con María: así como sin corazón no hay sangre; sin el ojo, no hay visión; sin el oxígeno, no hay respiración en los pulmones, así también es todavía más imposible que el alma, sin María, se eleve a Dios y cumpla sus designios[5]. Es decir, si un cuerpo no puede vivir sin el alma, mucho menos puede el legionario vivir sin María.
         Otro elemento a considerar, según el Manual, es que “dependemos de María, no por sentimientos humanos, sino por disposición de Dios”[6], porque Ella es la Madre de la Divina Gracia, la que por disposición divina, nos da la gracia, que nos da la vida de Dios. Aun así, continúa el Manual, “debemos reforzar y robustecer –libre y conscientemente- esta dependencia de María, sometiéndonos a Ella libre y espontáneamente, y así descubriremos maravillas de santificación para nuestras almas” –no solo no nos estancaremos en nuestra vida espiritual, sino que creceremos espiritualmente a pasos agigantados-; ya no obraremos con nuestras propias fuerzas humanas, sino que “brotará una energía nueva, desconocida, y todo lo que no pudimos hacer –rescatar del pecado a los que estaban bajo su yugo-, lo haremos en un instante con María”[7].
         Por ejemplo, un modo de incrementar nuestra dependencia de María, como legionarios, es el “comenzar el día con un acto de consagración a María, renovándolo con jaculatorias a lo largo del día”, además de llevar a María en el pensamiento y en el corazón, para que “no sea yo quien viva, sino que sea María la que viva en mí”; el legionario debe hacerlo todo en María, con María, para María: la Santa Misa, el Rosario, la comunión, diciéndole a lo largo del día: “Totus tuss”, soy todo tuyo, Madre mía. El legionario debe pedir a María ver a su Hijo Jesús –sobre todo en la Eucaristía- no con sus ojos, sino con los ojos de María; escuchar a Jesús con los oídos de María; percibir “el buen olor de Cristo” con los sentidos de María; proclamar a Jesús con los labios de María; amar a Jesús con el Amor que inhabita el Corazón Inmaculado de María, el Espíritu Santo; adorarlo con la adoración de María. Así, comenzará a ver el mundo y los misterios de la salvación, con los ojos de María y amará con el Corazón de María, porque será María la que viva en él y él, el legionario, irá desapareciendo poco a poco (la razón del fracaso del apostolado y del estancamiento y retroceso en la vida espiritual es, precisamente, que el legionario no le da espacio a María y no deja que María crezca en él, para él desaparecer).
         El legionario debe imitar a María, llevarla en su mente y en su corazón y en su obrar, olvidándose de sí y recurriendo a María en toda oportunidad, y así María irá configurando su alma y su corazón al alma y al Inmaculado Corazón de María, de modo que “el legionario y María no parecerán sino un solo ser”[8]. María intervendrá en su apostolado, otorgando los frutos que Dios tiene dispuesto. Y sólo así, en la imitación de María por parte del legionario, la Legión de María será el instrumento por el cual la Madre de Dios derramará sobre el mundo su luz, y la Luz de María es Jesucristo.



[1] Cfr. Manual, Capítulo VI.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.