viernes, 8 de diciembre de 2017

El verdadero devoto de la Inmaculada no solo celebra su día sino que busca imitarla en su vida


         La Iglesia celebra a la Inmaculada Concepción de María por disposición del Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus quien definió dogmáticamente, de esta manera, la ausencia de pecado de la Virgen y Madre de Dios: “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles...”. Esta declaración del Magisterio tiene una estrecha relación con nuestra vida espiritual. Para saber porqué, es necesario que indaguemos brevemente acerca de la razón por la cual la Virgen fue declarada Inmaculada.
         La razón por la cual la Virgen fue concebida Purísima, es decir, sin la mancha del pecado original, además de ser concebida como la “Llena de gracia” por estar inhabitada por el Espíritu Santo, es que Ella era la elegida, por la Trinidad, desde toda la eternidad, para ser Custodia Viviente y Sagrario más precioso que el oro, para la Encarnación del Verbo de Dios. Es decir, María fue concebida sin la mancha del pecado original y también inhabitada por el Espíritu Santo, porque estaba destinada a ser, además de Virgen, la Madre de Dios, el Tabernáculo Viviente del Hijo de Dios Altísimo, que es la Santidad Increada en sí misma, y por ese motivo, no podía, Aquella que habría de ser su Madre en la tierra, ser concebida siquiera con la más ligerísima malicia. Es decir, si la Virgen estaba destinada a ser la Madre del Dios Tres veces Santo, no podía estar Ella contaminada con la mancha del pecado original, puesto que el pecado es lo opuesto a la santidad divina. El pecado, que nace de lo más profundo del corazón del hombre –“Es del corazón del hombre de donde sale toda clase de maldad”-, es sinónimo de malicia, lo cual se opone radicalmente a la bondad divina, que es la santidad. La Virgen no podía tener ni siquiera la más pequeñísima sombra de malicia y esta es la razón de haber sido concebida no solo Purísima, es decir, sin pecado original, sino además “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo. Este doble privilegio significa que la Virgen no solo jamás tuvo la más ligerísima malicia, sino ni siquiera la más pequeñísima imperfección: su Mente era Sapientísima, su Corazón Inmaculado y su Cuerpo Purísimo, es decir, su Humanidad era perfecta, de toda perfección. Humanamente hablando, la Virgen era la creatura más hermosa, bondadosa y perfecta que jamás hubiera la Trinidad podido crear. Pero además estaba inhabitada por el Espíritu Santo, lo cual es un privilegio distinto, porque a la perfección de su Humanidad, la inhabitación del Espíritu Santo le agregaba dones sobrenaturales inimaginables siquiera, no solo en los hombres, sino en los ángeles más poderosos. Por la presencia del Espíritu Santo en su Alma y Cuerpo Purísimos, su Mente era plena de la Sabiduría de Dios; su Corazón, en el que inhabitaba el Amor de Dios, sólo amaba a Dios; su Cuerpo Purísimo estaba libre de toda imperfección y de todo amor profano o mundano, de manera tal que todo lo que amaba era Dios y lo que amaba fuera de Dios, lo amaba por Dios, para Dios y en Dios.
         La Iglesia celebra y exulta de gozo en este día, la creación, por parte de Dios, de la creatura más santa, hermosa y bienaventurada que jamás haya existido en el mundo ni existirá hasta el fin de los tiempos, la Purísima Concepción de María, Aquella que habría de engendrar en el tiempo al Hijo Eterno del Padre y que, participando de su Pasión, sería Corredentora de la humanidad y esta es la razón de la Solemnidad de este día.
         Ahora bien, el verdadero devoto de la Inmaculada Concepción, no se limita a simplemente conmemorar y celebrar a la Virgen: puesto que la Virgen, por disposición divina, es Madre de los bautizados, quien es verdadero devoto de la Virgen, se esfuerza por imitarla en su santidad, en su pureza y en su Amor a Dios. Podría parecer un despropósito, que un pecador –como lo somos todos y cada uno de los hombres- se atreviera a imitar a la Virgen y Madre de Dios, porque a diferencia de Ella, nosotros hemos sido concebidos con la mancha del pecado original y si bien éste fue quitado por el Bautismo sacramental, permanece en nosotros la inclinación al mal, la dificultad en conocer y amar la Verdad y el obrar el bien meritorio para el Cielo. Visto humanamente, es imposible que un pecador, como todos y cada uno de nosotros, seamos capaces de imitar a la Inmaculada Concepción. Pero “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” y es aquí cuando Dios viene en nuestra ayuda, para que podamos imitar a la Virgen en su Inmaculada Concepción. ¿De qué manera? Por la gracia santificante, porque por la gracia, el cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo, el alma en morada de la Trinidad y el corazón, en altar y sagrario viviente en donde es amado y adorado Jesús Eucaristía. Así como la Virgen era Purísima en su cuerpo, así el cristiano, que vive en gracia, se decide a vivir en pureza de cuerpo, según su estado; así como el Corazón de la Virgen era Inmaculado y en él inhabitaba el Amor de Dios, que la hacía amar solo a Dios y lo que no era Dios, en Dios y para Dios, así el corazón del alma en gracia es inhabitado por el Espíritu Santo, que hace que el cristiano ame a Dios y a lo que no es Dios, en Dios y para Dios; por último, así como la Mente de María era sapientísima porque estaba iluminada por el Espíritu Santo, así también, la mente del cristiano que está en gracia, es iluminada por el Espíritu Santo, recibiendo de Él toda la sabiduría divina y así como la Virgen no tuvo pecado alguno, así el cristiano busca de evitar el pecado mortal y el venial deliberado, aun a costa de su propia vida.
El verdadero devoto de la Inmaculada no solo celebra su día sino que busca imitarla en su vida, evitando el pecado y viviendo en gracia, como anticipo de la vida de gloria que, por Misericordia de Dios y por intercesión de María Santísima, desea vivir por la eternidad.


martes, 5 de diciembre de 2017

El dogma de la Inmaculada Concepción y su relación con nuestra vida espiritual


Para saber qué relación hay entre la Inmaculada Concepción de María y nuestra vida espiritual, es necesario recordar qué es lo que los católicos entendemos cuando decimos “Inmaculada Concepción”: es el dogma de fe que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción[1].
Esta doctrina es de origen apostólico, aunque el dogma fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus: “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles...”.
Esto significa que, en el momento de ser creada el alma de María Santísima, Dios, en atención a los méritos de Jesucristo en la Cruz, y para que la Virgen fuera digna morada del Verbo Encarnado, Dios decretó que su alma fuera Purísima desde la Concepción, esto es, desde el momento mismo en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica  procedente de los padres. La Virgen estaba destinada a ser Virgen y Madre de Dios al mismo tiempo y por eso mismo, no podía, por este doble privilegio divino, estar contaminada con la mancha del pecado original: si estaba destinada a ser el Sagrario Viviente del Dios Tres veces Santo, no podía ese sagrario tener mancha alguna de pecado, de malicia, de corrupción. Pero no solo esto: además de ser concebida sin la mancha del pecado original, la Virgen tuvo el privilegio de estar inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción, y por eso es llamada “Llena de gracia”. Es decir, se trata de dos privilegios: no solo su humanidad es perfecta y pura en sí misma, al no tener la mancha del pecado original, sino que es una humanidad santificada por la gracia, debido a que el Espíritu de Dios habitó en Ella desde su Concepción. De ahí el doble título: es la “Purísima” y es la “Llena de gracia” desde el comienzo de su vida humana, esto es, desde que Dios creó su Alma Limpidísima y la infundió en su Cuerpo Purísimo.
En la Encíclica “Fulgens corona”, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa argumenta así: “Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre”. En otras palabras, la Virgen es la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la Serpiente, pero no podría serlo si en Ella hubiera aunque sea la más mínima sombra de malicia o pecado. Puesto que es la Purísima, no hay nada de común entre la Virgen y el espíritu inmundo por antonomasia, el Demonio, Padre del pecado y de toda malicia, y esa es la razón de la enemistad eterna entre la Virgen y el Demonio (cfr. Gn 3, 15).
La condición de María de ser “Llena de gracia” se revela en el saludo del Ángel Gabriel a la Santísima Virgen María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), significando con esta expresión “una singular abundancia de gracia, un estado sobrenatural del alma en unión con Dios”[2].
En el Apocalipsis se narra sobre la “Mujer vestida de sol” (12, 1): siendo el sol la representación de Jesucristo, “Sol de justicia”, la Mujer revestida de sol es la Iglesia colmada de la santidad divina, santidad que se realiza plenamente en la Santísima Virgen, en virtud de una gracia singular. En la Virgen –y también en la Iglesia, en cuanto Esposa del Cordero que nace de su costado traspasado- se da todo el esplendor de la gloria divina, simbolizada en el sol, porque no hay en Ella sombre ni mancha alguna de pecado.
Una vez que hemos recordado el significado de la “Inmaculada Concepción”, nos preguntamos: ¿cuál es la relación entre la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María y nuestra vida espiritual?
Siendo Ella nuestra Madre del cielo, estamos llamados a imitar a Nuestra Madre celestial, y aunque pudiera parecer un despropósito que nosotros, que hemos nacido con la mancha del pecado original y poseemos la inclinación de la concupiscencia hacia el mal, pudiésemos imitar a la Virgen, no lo es, porque hay algo que nos permite imitarla, y es la gracia santificante. Por la gracia santificante, estamos llamados a convertir nuestros cuerpos en “templos del Espíritu Santo” y a nuestras almas y corazones en otros tantos sagrarios y altares en donde recibamos a Jesús Eucaristía, para ser allí amado y adorado, en el tiempo y en la eternidad.


Las características de la devoción legionaria (2): María Medianera se todas las gracias


         La Legión de María se caracteriza por cultivar una “confianza sin límites”[1] en la Virgen, y la razón es que Dios mismo tuvo una confianza sin límites en la Virgen, al elegirla para que fuera Madre de Dios Hijo encarnado y como consecuencia de esta confianza sin límites, Dios le concedió a la Virgen –entre otros innumerables privilegios- “un poder sin límites”[2], al hacerla partícipe de su poder divino. Esta es la razón por la cual la Virgen es la “Mujer del Génesis” que aplasta la cabeza del Dragón infernal: porque ella participa del poder de Dios; es decir, ante la presencia de la Virgen, el Demonio tiembla de terror, porque experimenta el poder de Dios, presente en la Madre de Dios.
         La confianza de la Legión en María Santísima se ve, de un modo particular, en la consideración de María como Medianera de todas las gracias: si bien Jesucristo, en cuanto Hombre-Dios, es la Fuente de toda gracia, porque Él es la Gracia Increada en sí misma, el mismo Dios dispuso que TODA gracia que el alma necesite para su eterna salvación, pasara a través de la Virgen y solo a través de la Virgen. Esto significa que no hay ninguna gracia, por grande o pequeña que sea, que no pase por el Corazón y las manos de María. En consecuencia, el flujo de gracias es el siguiente: Sagrado Corazón de Jesús (Fuente Increada de la Gracia) – Inmaculado Corazón de María (Medianera de toda gracia) – Alma penitente (receptora de la gracia de Jesús, de manos de María).
         Afirma el Manual del Legionario que Dios dispuso que, “cuando obramos unidos a Ella, tengamos más acceso a Él y, en consecuencia, mayores garantías de alcanzar sus dones”. Esto es así porque el Inmaculado Corazón de María está estrecha e indisolublemente unido al Sagrado Corazón de Jesús; entonces, cuanto más cerca estemos del Corazón de María, más cerca estaremos del Corazón de Jesús. El hecho de contemplar o de consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, no solo no interrumpe o dificulta el flujo de gracias, como muchos erróneamente piensan; por el contrario, al ser la Virgen “la Esposa del Espíritu Santo y el canal por el que fluyen hasta nosotros cuantas gracias manan de la Pasión de Cristo”[3], el flujo de gracias se ve aumentado e incrementado de modo inimaginable. Afirma el Manual: “No hay nada de cuanto recibimos que no lo debamos a una intervención positiva de María, la cual, no contenta con transmitir nuestras súplicas, las hace eficaces para alcanzar cuanto piden”[4]. En otras palabras, la Virgen no solo presenta nuestras súplicas a su Hijo, sino que, en cierta manera, Ella pide por nosotros y, como sabemos, no hay nada que el Hijo le niegue a la Madre, de ahí la eficacia asegurada al recurrir a María como Celestial Intercesora.
         Por este motivo, la Legión cultiva “una fe viva en el oficio mediador de María e inculca esta práctica con especial devoción a sus miembros”[5].



[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 2.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Nuestra Señora de la Medalla milagrosa


En la medianoche del 18 de Julio de 1830, la Virgen Santísima se le apareció por primera vez a Santa Catalina Labouré, a la sazón, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl[1].
Visiones preparatorias del Señor en la Eucaristía.
Durante los 9 meses de su noviciado en la Rue du Bac, sor Catalina tuvo también la gracia especial de ver todos los días al Señor en el Santísimo Sacramento. De modo particular, el domingo de la Santísima Trinidad, 6 de junio de 1830, el Señor se mostró durante el evangelio de la misa como un Rey, con una cruz en el pecho. De pronto, los ornamentos reales de Jesús cayeron por tierra, lo mismo que la cruz, como unos despojos desperdiciables. “Inmediatamente - escribió sor Catalina - tuve las ideas más negras y terribles: que el Rey de la tierra estaba perdido y sería despojado de sus vestiduras reales. Sí, se acercaban cosa malas”.
El Ángel la despierta y la conduce ante la Virgen.
El domingo 18 de Julio 1830, víspera de la fiesta de San Vicente de Paúl, la maestra de novicias les había hablado sobre la devoción a los santos, y en particular a la Reina de todos ellos, María Santísima. Sus palabras, impregnadas de fe y de una ardiente piedad, encedieron en el corazón de Sor Laboure el deseo de ver y de contemplar el rostro de la Santísima Virgen. Como era víspera de San Vicente, les habían distribuido a cada una un pedacito de lienzo de un roquete del santo. Catalina se lo tragó y se durmió pensando que San Vicente, junto con su ángel de la guarda, le obtendrían esa misma noche la gracia de ver a la Virgen como era su deseo.
Alrededor de las 23.30 Santa Catalina oyó que por tres veces la llamaban por su nombre. Se despertó y apartando un poco las cortinas de su cama miro del lado que venía la voz y vio entonces un niño vestido de blanco, que parecía tener como cuatro o cinco años, y el cual le dijo: “Levántate pronto y ven a la capilla; la Santísima Virgen te espera”. Sor Catalina vacila porque teme ser vista por las otras novicias; pero el niño responde a su preocupación interior y le dice: “No temas; son las 11;30 p.m.; todas duermen muy bien. Ven yo te aguardo”. Ella no se detiene ya ni un momento; se viste con presteza y se pone a disposición de su misterioso guía, “que permanecía en pie sin separarse de la columna de su lecho”. Vestida Sor Catalina, el niño comienza a andar, y ella lo sigue marchando a “su lado izquierdo”. Por donde quiera que pasaban las luces se encendían. El cuerpo del niño irradiaba vivos resplandores y a su paso todo quedaba iluminado. Al llegar a la puerta de la capilla la encuentra cerrada; pero el niño toca la puerta con su pequeña mano y aquella se abrió al instante. Dice Catalina: “Mi sorpresa fue más completa cuando, al entrar a la capilla, vi encendidas todas las velas y los cirios, lo que me recordaba la Misa de media noche” (hasta aquí, todavía no había visto a la Virgen). El niño la llevó al presbiterio, junto al sillón destinado al P. Director, donde solía predicar a las Hijas de la Caridad, y allí se puso de rodillas, y el niño permaneció de pie todo el tiempo al lado derecho. La espera le pareció muy larga, ya que con ansia deseaba ver a la Virgen. Miraba ella con cierta inquietud hacia la tribuna derecha, por si las hermanas de vela, que solían detenerse para hacer un acto e adoración, la veían. Por fin llegó la hora deseada, y el niño le dijo: “Ved aquí a la Virgen, vedla aquí”. Sor Catalina oyó como un rumor, como el roce de un traje de seda, que partía del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José. Vio que una señora de extremada belleza, atravesaba majestuosamente el presbiterio, “fue a sentarse en un sillón sobre las gradas del altar mayor, al lado del Evangelio”. En el fondo de su corazón, Sor Catalina dudaba si verdaderamente estaba o no en presencia de la Reina de los Cielos, pero el niño le dijo: “Mira a la Virgen”. Le era casi imposible describir lo que experimentaba en aquel instante, lo que paso dentro de ella, y le parecía que no veía a la Santísima Virgen.
Entonces el niño le habló, no como niño, sino como el hombre más enérgico y con palabras muy fuertes: “¿Por ventura no puede la Reina de los Cielos aparecerse a una pobre criatura mortal en la forma que más le agrade?”.
Dice Santa Catalina: “Entonces, mirando a la Virgen, me puse en un instante a su lado, me arrodillé en el presbiterio, con las manos apoyadas en las rodillas de la Santísima Virgen. Allí pasé los momentos más dulces de mi vida; me sería imposible decir lo que sentí”.
La Santísima Virgen le da instrucciones.
Fueron muchas las confidencias que Sor Catalina recibió de los labios de María Santísima, pero jamás podremos conocerlas todas, porque respecto a algunas de ellas, le fue impuesto el más absoluto secreto. Ante todo, la Virgen, como Madre y Maestra que es, le dio algunos consejos para su particular provecho espiritual: 1- Como debía comportarse con su director (humildad profunda y obediencia). Esto a pesar de que su confesor, el padre Juan María Aladel, no creyó sus visiones y le dijo que las olvidara. 2- La manera de comportarse en las penas, (paciencia, mansedumbre, gozo). 3- Acudir siempre (mostrándole con la mano izquierda) a arrojarse al pie del altar y desahogar su corazón, pues allí recibiría todos los consuelos de que tuviese necesidad. (corazón indiviso, no consuelos humanos).
Luego continuó diciéndole la Virgen: “Dios quiere confiarte una misión; te costará trabajo, pero lo vencerás pensando que lo haces para la gloria de Dios. Tú conocerás cuán bueno es Dios. Tendrás que sufrir hasta que lo digas a tu director. No te faltaran contradicciones; mas te asistirá la gracia; no temas. Háblale a tu director con confianza y sencillez; ten confianza no temas. Verás ciertas cosas; díselas. Recibirás inspiraciones en la oración. Los tiempos son muy calamitosos. Han de llover desgracias sobre Francia. El trono será derribado. El mundo entero se verá afligido por calamidades de todas clases (al decir esto la Virgen estaba muy triste). Venid a los pies de este altar, donde se prodigarán gracias a todos los que las pidan con fervor; a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres. Deseo derramar gracias sobre tu comunidad; lo deseo ardientemente. Me causa dolor el que haya grandes abusos en la observancia, el que no se cumplan las reglas, el que haya tanta relajación en ambas comunidades a pesar de que hay almas grandes en ellas. Díselo al que está encargado de ti, aunque no sea el superior. Pronto será puesto al frente de la comunidad. El deberá hacer cuanto pueda para restablecer el vigor de la regla. Cuando esto suceda otra comunidad se unirá a las de ustedes. Vendrá un momento en que el peligro será grande; se creerá todo perdido; entonces yo estaré contigo, ten confianza. Reconocerás mi visita y la protección de Dios y de San Vicente sobre las dos comunidades. Mas no será lo mismo en otras comunidades, en ellas habrá víctimas (lágrimas en los ojos). El clero de París tendrá muchas víctimas. Morirá el señor Arzobispo. Hija mía, será despreciada la cruz, y el Corazón de mi Hijo será otra vez traspasado; correrá la sangra por las calles (la Virgen no podía hablar del dolor, las palabras se anudaban en su garganta; su semblante estaba pálido). El mundo entero se entristecerá. Ella piensa: “¿Cuándo ocurrirá esto?”, y una voz interior asegura: “Cuarenta años y diez y después la paz”.
La Virgen, después de estar con ella unas dos horas, desaparece de la vista de Sor Catalina como una sombra que se desvanece.
En esta aparición la Virgen:
Le comunica una misión que Dios le quiere confiar.
La prepara con sabios consejos para que hable con sumisión y confianza a su director.
Le anuncia futuros eventos para afianzar la fe de aquellos que pudieran dudar de la aparición.
Le Regala una relación familiar de madre-hija: la ve, se acerca a ella, hablan con familiaridad y sencillez, la toca y la Virgen no solo consiente, sino que se sienta para que Catalina pueda aproximarse hasta el extremo de apoyar sus brazos y manos en las rodillas de la Reina del Cielo.
Todas las profecías se cumplieron:
1-la misión de Dios pronto le fue indicada con la revelación de la Medalla Milagrosa.
2-una semana después de esta aparición estallaba la revolución. Los revoltosos ocupaban las calles de París, saqueos, asesinatos, y finalmente era destronado Carlos X, sustituido por el “rey ciudadano” Luis Felipe I, Gran Maestro de la masonería, secta luciferina y satánica.
3-El P. Aladel (director) es nombrado en 1846 Director de las Hijas de la Caridad, establece la observancia de la regla y hacia la década del 60 otra comunidad femenina se une a las Hijas de la Caridad.
4-En 1870 (a los 40 años) llegó el momento del gran peligro, con los horrores de la Comuna y el fusilamiento del Arzobispo Mons. Darboy y otros muchos sacerdotes.
5- solo queda por cumplir la última parte (correrá sangre por las calles, el mundo entero se entristecerá; probablemente se trate de una guerra nuclear mundial, o el ascenso del comunismo al poder).
Aparición del 27 de noviembre del 1830
La tarde el 27 de Noviembre de 1830, sábado víspera del primer domingo de Adviento, en la capilla, estaba Sor Catalina haciendo su meditación, cuando le pareció oír el roce de un traje de seda que le hace recordar la aparición anterior. Aparece la Virgen Santísima, vestida de blanco con mangas largas y túnica cerrada hasta el cuello. Cubría su cabeza un velo blanco que sin ocultar su figura caía por ambos lados hasta los pies. Cuando quiso describir su rostro solo acertó a decir que era la Virgen María en su mayor belleza. Sus pies posaban sobre un globo blanco, del que únicamente se veía la parte superior, y aplastaban una serpiente verde con pintas amarillas. Sus manos elevadas a la altura del corazón sostenían otro globo pequeño de oro, coronado por una crucecita. La Santísima Virgen mantenía una actitud suplicante, como ofreciendo el globo. A veces miraba al cielo y a veces a la tierra. De pronto sus dedos se llenaron de anillos adornados con piedras preciosas que brillaban y derramaban su luz en todas direcciones, circundándola en este momento de tal claridad, que no era posible verla. Tenía tres anillos en cada dedo; el más grueso junto a la mano; uno de tamaño mediano en el medio, y uno más pequeño, en la extremidad. De las piedras preciosas de los anillos salían los rayos, que se alargaban hacia abajo; llenaban toda la parte baja. Mientras Sor Catalina contemplaba a la Virgen, ella la miró y dijo a su corazón: “Este globo que ves (a los pies de la Virgen) representa al mundo entero, especialmente Francia y a cada alma en particular. Estos rayos simbolizan las gracias que yo derramo sobre los que las piden. Las perlas que no emiten rayos son las gracias de las almas que no piden”. Con estas palabras La Virgen se da a conocer como la Mediadora de las gracias que nos vienen de Jesucristo, al tiempo que nos recuerda nuestra tibieza y nuestro descuido en la oración, que hace que no recibamos las gracias que necesitamos, porque no oramos y por lo tanto, no pedimos.
El globo de oro (la riqueza de gracias) se desvaneció de entre las manos de la Virgen. Sus brazos se extendieron abiertos, mientras los rayos de luz seguían cayendo sobre el globo blanco de sus pies.
La Medalla Milagrosa:
En este momento se apareció una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior apareció escrita la siguiente invocación: “María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti”. Estas palabras formaban un semicírculo que comenzaba a la altura de la mano derecha, pasaba por encima de la cabeza de la Santísima Virgen, terminando a la altura de la mano izquierda. Oyó de nuevo la voz en su interior: “Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán más abundantes para los que la lleven con confianza”.
La aparición, entonces, dio media vuelta y quedo formado en el mismo lugar el reverso de la medalla.
En el aparecía una M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, la cual atravesaba la letra hasta un tercio de su altura, y debajo los corazones de Jesús y de María, de los cuales el primero estaba circundado de una corona de espinas, y el segundo traspasado por una espada. En torno había doce estrellas.
La misma aparición se repitió, con las mismas circunstancias, hacia el fin de diciembre de 1830 y a principios de enero de 1831. La Virgen dijo a Catalina: “En adelante, ya no verás, hija mía; pero oirás mi voz en la oración”.
Un día que Sor Catalina estaba inquieta por no saber qué inscripción poner en el reverso de la medalla, durante la oración, la Virgen le dijo: “La M y los dos corazones son bastante elocuentes”.
Símbolos de la Medalla y mensaje espiritual:
En el Anverso:
-María aplastando la cabeza de la serpiente que esta sobre el mundo. Ella, la Inmaculada, tiene todo poder en virtud de su gracia para triunfar sobre Satanás. Dios Trino la hace partícipe de su omnipotencia, en virtud de ser la Virgen Madre de Dios, la Llena de gracia y la Inmaculada Concepción. El Infierno entero tiembla de terror ante el solo nombre de María.
-El color de su vestuario y las doce estrellas sobre su cabeza significan que la Virgen es la mujer del Apocalipsis, “revestida del sol”: el sol significa la gloria de Dios en el lenguaje bíblico, y la Virgen lleva en su seno al Hijo de Dios por la Encarnación, que es la Gloria Increada en sí misma, y por eso mismo, y por ser la Virgen la Llena de gracia desde su Inmaculada Concepción, está revestida de gloria en los cielos.
-Sus manos extendidas, transmitiendo rayos de gracia, señal de su misión de Madre y Mediadora de las gracias que derrama sobre el mundo y a quienes pidan. No hay ninguna gracia, por pequeña o grande que sea, que no venga a través de María. Y muchas veces, cuando no recibimos las gracias, es porque no las pedimos, eso es lo que simbolizan los anillos de los cuales no sale luz.
-Jaculatoria: es el dogma de la Inmaculada Concepción (revelado en la visión antes de la definición dogmática por parte del Magisterio en el año 1854). La Virgen es la Inmaculada Concepción, es nuestra Madre del cielo, y acude en nuestra ayuda cuando la invocamos. Además, muestra cómo hay una interrelación entre la Biblia y el Magisterio y cómo una visión y revelación privada, como signo de que es verdadera, no se contradice con la Tradición, el Magisterio y la Biblia: en este caso, la revelación del dogma de la Inmaculada Concepción.
-El globo bajo sus pies: significa que la Virgen es Reina de cielos y tierra, así como su Hijo es Rey de cielos y tierra. Ambos poseen como súbditos a los hombres (tierra) de buena voluntad y a los ángeles de luz (cielo).
-El globo en sus manos: el mundo ofrecido a Jesús por sus manos. Es por su misión de intercesora ante Dios Uno y Trino.
En el reverso:
-La cruz: significa el misterio de redención y el precio que pagó Cristo por nuestra salvación. Así como Cristo obedeció al Padre y subió a la Cruz para entregar su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en obediencia al deseo del Padre, así el cristiano debe abrazar la Cruz, cargarla sobre sus hombros y marchar detrás de Cristo, todos los días. No hay salvación posible, para ningún hombre, fuera de la Cruz de Cristo.
-La letra M: es símbolo de María y de su maternidad espiritual: es Madre de Dios y Madre nuestra, desde el momento en que Jesús nos la entregó como Madre, antes de morir, al decirle a Juan, en quien estábamos todos representados: “Hijo, he ahí a tu Madre”.
-La barra: es una letra del alfabeto griego, llamada “yota” o I, que es monograma del nombre, Jesús. Es para recordarnos que no hay otro nombre dado a los hombres en esta vida para la salvación, que no sea el Santísimo Nombre de Jesús.
Agrupados ellos: La Madre de Jesucristo Crucificado, el Salvador.
-Las doce estrellas: signo de la Iglesia que Cristo funda sobre los apóstoles y que nace en el Calvario de su corazón traspasado.

-Los dos Corazones: significa que entre los Sagrados  Corazones de Jesús y María hay una unidad indisoluble, porque es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el que los une, así como el amor une a los corazones de la madre y el hijo. Pero además significa que la Virgen es Corredentora, porque Ella participó místicamente de la Pasión y Muerte de su Hijo. Significa además la devoción a los Dos Sagrados Corazones y el reinado de ambos en los corazones de los cristianos. Así como los dos Corazones están en la Medalla, así deben estar en el corazón de cada cristiano.
Nombre: La Medalla se llamaba originalmente: “de la Inmaculada Concepción”, pero al expandirse la devoción y haber tantos milagros concedidos a través de ella, se le llamó popularmente “La Medalla Milagrosa”.

Conversión de Ratisbone.
Alfonso Ratisbone era abogado y banquero, judío, de 27 años. Tenía gran odio hacia los católicos porque su hermano Teodoro se había convertido y ordenado sacerdote, tenía como insignia la medalla milagrosa y luchaba por la conversión de los judíos. Alfonso pensaba casarse poco después con una hija de su hermano mayor, Flora, diez años menor que él, cuando en enero de 1842, haciendo un viaje de turismo a Nápoles y Malta, por una equivocación de trenes llegó a Roma. Aquí se creyó en la obligación de visitar a un amigo de la familia, el barón Teodoro de Bussiere, protestante convertido al catolicismo. El barón le recibió con toda cordialidad y se ofreció a enseñarle Roma. En una reunión donde Ratisbone hablaba horrores de los católicos, este barón lo escuchó con mucha paciencia y al final le dijo: “Ya que usted está tan seguro de sí, prométame llevar consigo lo que le voy a dar”. “¿Qué cosa?”. “Esta medalla”. Alfonso la rechazó indignado y el barón replicó: “Según sus ideas, el aceptarla le debía dejar a usted indiferente. En cambio a mí me causaría satisfacción”. Se echó a reír y se la puso comentando que él no era terco y que era un episodio divertido. El barón se la puso al cuello y le hizo rezar el Memorare. El barón pidió oraciones a varias personas entre ellas al conde La Ferronays quien le dijo: “Si le ha puesto la Medalla Milagrosa y le ha hecho rezar el Memorare, seguro que se convierte”. El conde murió repentinamente dos días después. Se supo que durante esos dos días había ido a la basílica de Santa María la Mayor a rezar cien Memorares por la conversión de Ratisbone.
Por la Plaza España se encuentra el barón con Ratisbone en su último día en Roma y este le invita a pasear. Pero antes tenía que pasar por la Iglesia de San Andrés a arreglar lo del funeral del conde. Ratisbone le acompaña a la Iglesia. He aquí su testimonio de lo que entonces sucedió: “A los pocos momentos de encontrarme en la Iglesia, me sentí dominado por una sensación inexplicable. Levanté los ojos y me pareció que todo el edificio desaparecía de mi vista. Una de las capillas (la de San Miguel) había concentrado toda la luz, y en medio de aquel esplendor apareció sobre el altar, radiante y llena de majestad y de dulzura, la Virgen Santísima tal y como está grabada en la medalla. Una fuerza irresistible me impulsó hacia la capilla. Entonces la Virgen me hizo una seña con la mano como indicándome que me arrodillara... La Virgen no me habló pero lo he comprendido todo”.
El barón lo encuentra de rodillas, llorando y rezando con las manos juntas, besando la medalla. Poco tiempo más tarde es bautizado en la Iglesia del Gesú en Roma. Por orden del Papa, se inicia un proceso canónico, y su conversión es declarada un “verdadero milagro”. Alfonso Ratisbone entró en la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote, fue destinado a París donde estuvo ayudando a su hermano Teodoro en los catecumenados para la conversión de los judíos. Después de haber sido por diez años Jesuita, con permiso sale de la orden y funda en 1848, las religiosas y las misiones de Nuestra Señora de Sión. En solo los diez primeros años Ratisbone consiguió la conversión de doscientos judíos y treinta y dos protestantes. Trabajó incansablemente en Tierra Santa, logrando comprar el antiguo pretorio de Pilato, que convirtió en convento e Iglesia de las religiosas. También consiguió que estas religiosas fundasen un hospicio en Ain-Karim, donde murió santamente en 1884 a los 70 años.



[1] Catalina nació el 2 de mayo de 1806, en Fain-les-Moutiers, Borgoña ( Francia ). Entró a la vida religiosa con la Hijas de la Caridad el 22 de enero de 1830 y después de tres meses de postulantado, 21 de abril, fue trasladada al noviciado de París, en la Rue du Bac, 140. Cfr. http://www.corazones.org/maria/medalla_milagrosa.htm

martes, 21 de noviembre de 2017

La Presentación de la Virgen, figura y anticipo de nuestra presentación ante Dios


Siguiendo una piadosa y antigua tradición, la Iglesia celebra hoy la Presentación en el Templo de la niña Santa María. El origen de esta fiesta mariana se encuentra en el escrito apócrifo llamado “Protoevangelio de Santiago”[1]. En él se relata que, siendo la Virgen una niña todavía muy pequeña, fue llevada al templo de Jerusalén por sus padres San Joaquín y Santa Ana, en donde la dejaron por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida muy cuidadosamente respecto a la religión y a todos los deberes para con Dios[2]. En este día se recuerda también la dedicación, en el año 543, de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén. En realidad, al ser presentada por sus padres, la Virgen sabía ya –debido a que estaba iluminada por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su Concepción Inmaculada-, aun cuando fuera una niña muy pequeña, que había sido creada para “dedicarse” solamente a Dios, por lo que, además de ser llevada por sus padres, Ella misma hizo la ofrenda o “dedicación” o “consagración” de sí misma a Dios[3].
Según los apócrifos, la Virgen María se nutría con un alimento especial que le llevaban los ángeles, y que ella no vivía con las otras niñas sino en el “Sancta Sanctorum”, al cual tenía acceso el Sumo Sacerdote sólo una vez al año[4].
Por medio de esta consagración y servicio a Dios en el templo, María preparó su cuerpo, y sobre todo su alma, para recibir al Hijo de Dios, viviendo en sí misma la palabra de Cristo: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican[5].
Ahora bien, en la Presentación de la Virgen debemos ver no solo a María Niña siendo presentada ante Dios para servir de morada del Verbo y de templo del Espíritu Santo: es un anticipo y un modelo de lo que sucedió con nuestras almas en el momento del bautismo y de lo que debe suceder en nosotros por la gracia y por la fe en cada comunión eucarística: así como la Virgen fue llevada al templo para cumplir el designio divino, que desde toda la eternidad la había consagrado y elegido para ser custodia del Verbo Encarnado y templo del Espíritu Santo, así también nuestras almas, en el bautismo, fueron consagradas y elegidas para ser convertidas por la gracia en templos del Espíritu Santo, y al igual que la Virgen, que por la revelación del Arcángel  recibió al Verbo Eterno de Dios en su mente sapientísima, para luego recibirlo en su cuerpo purísimo, así también nosotros, purificados por la gracia santificante, debemos recibir al Verbo Eterno de Dios, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, primero por la Fe, en la mente, y luego por la comunión eucarística, en el cuerpo, esto es, en la lengua. Al meditar en la Presentación de la Virgen, meditemos entonces cómo debemos nosotros imitar a María en su amor a Dios Trino, pues desde toda la eternidad fuimos elegidos y consagrados por el bautismo para ser, por la gracia, templos vivientes del Altísimo.

sábado, 18 de noviembre de 2017

María, Medianera de todas las gracias en las palabras de los santos


         ¿Por qué la Virgen lleva el título de “Medianera de todas las gracias”? Nos lo explican los santos de la Iglesia Católica.
         El Papa Pío X[1] dice así: “La Santísima Virgen es Dispensadora universal de todas las gracias, tanto por su divina Maternidad, que las obtiene de su Hijo, como por su Maternidad espiritual, que las distribuye entre sus otros hijos, los hombres. Para el Papa Pío X, la Virgen es Mediadora de todas las gracias porque es doblemente Madre: al ser Madre de Dios Hijo, y al ser su Hijo la Gracia Increada, obtiene de su Hijo todas las gracias necesarias para la salvación de los hombres; al ser espiritualmente Madre de todos los hombres, distribuye estas gracias entre ellos, así como una madre amorosa distribuye entre sus hijos el alimento y la ternura materna. Por esta razón, dice el Papa, la Virgen está “subordinada a Cristo” por voluntad divina, hecho que la convierte en Corredentora –distribuye las gracias que su Hijo mereció para nosotros en la Cruz- y Dispensadora “con alcance universal y para siempre”: “Esto lo hace subordinada a Cristo, pero de manera inmediata. Y ello por una específica y singular determinación de la voluntad de Dios, que ha querido otorgar a María esta doble función: ser Corredentora y Dispensadora, con alcance universal y para siempre”.
         San Bernardo[2] afirma que María es nuestra Mediadora porque, con Ella, viene Jesús, que es la Divina Misericordia encarnada. Es decir, cuando la Virgen entra en una casa, entra con Ella su Hijo –donde está la Madre está el Hijo y donde está el Hijo está la Madre-, significando “casa”, en este caso, no tanto el edificio material, sino el cuerpo y el alma del cristiano, convertidos en “templo del Espíritu Santo” por la gracia santificante: “María es nuestra mediadora, por ella recibimos, ¡oh Dios mío! tu misericordia, por ella recibimos al Señor Jesús en nuestras casas. Porque cada uno de nosotros tiene su casa y su castillo, y la Sabiduría llama a las puertas de cada uno; si alguna la abre, entrará y cenará con él”. Dice San Bernardo que si alguien abre las puertas de su alma a la Virgen, recibirá con Ella a la Divina Sabiduría, que es Jesús, y así se cumplirán las palabras del Apocalipsis, esto es, que “Dios cenará con el alma y el alma con Dios”  (cfr. Ap 3, 20). María es Mediadora de todas las gracias, en palabras de San Bernardo, porque con Ella viene Aquél que es la Gracia Increada, Cristo Jesús.
         El mismo santo[3] sostiene que veneramos a María con todo el amor del que somos capaces, porque eso es lo que Dios quiere, ya que eligió a María para que fuera Ella por quien “recibiéramos todo”: “Con todo lo íntimo de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es su voluntad para bien nuestro”. Al amar y venerar a la Virgen, cumplimos la voluntad de Dios, y así nos llegan las gracias espirituales provenientes de la Divina Bondad: “Mirando en todo y siempre al bien de los necesitados, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad”.
         También sostiene San Bernardo[4] que Dios podría infundirnos su gracia sin la Virgen, pero fue su voluntad divina la que quiso que María fuera “el acueducto” por el cual nos llegaran todas las gracias: “No le faltaba a Dios, ciertamente, poder para infundirnos la gracia sin valerse de este acueducto, sí Él hubiera querido, pero quiso proveerse de ella por este conducto”. Si pensamos el alma como un jardín cerrado que subsiste por un manantial de agua cristalina que le provee del agua que necesita para no morir, y esta agua viene desde el manantial por un acueducto, el manantial de agua es el Corazón de Jesús, Fuente inagotable y la Gracia Increada en sí misma, y el acueducto es la Virgen.
         Por María nos vienen todas las gracias y también por Ella nos viene la gracia de ofrecer a Dios lo poco bueno que podamos hacer -siempre con la ayuda de Dios-; por esta razón, debemos ofrecer al Señor nuestras oraciones, sacrificios y obras buenas, no por nosotros mismos, sino por manos de María, y este deseo es ya una gracia que nos viene por María: “Aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de Él repulsa”[5].
         Jesús es el Mediador ante el Padre, pero la Virgen es la Mediadora ante Jesús, Dios Hijo, y la Única digna que puede desempeñar tan grande oficio es la Virgen[6]: “Ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador, y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María.
         Dios, que es la Divina Misericordia, es el tesoro del alma y la Virgen, Madre de la Divina Misericordia, es el tesoro de Dios, además de ser la tesorera “de todas las misericordias que Dios nos quiere dispensar”, según San Alfonso[7]: “María es el tesoro de Dios y la tesorera de todas las misericordias que nos quiere dispensar”.
         No hay gracia que no sea concedida por medio de María, por lo que siempre que necesitemos una gracia, por grande o pequeña que sea, no debemos dejar de recurrir a María Santísima, dice el Santo Cura de Ars[8]: “Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados”.
         Por último, San Josemaría Escrivá[9], trae a la memoria el recuerdo de aquellas madres amorosas que se alegran por las muestras de amor de sus hijos, por pequeñas que sean estas muestras: si esto sucede con las madres de la tierra, ¡cuánto más con la Madre de Dios y Madre nuestra!: “Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que podremos esperar de nuestra Madre Santa María”.
         He aquí entonces, las razones por las cuales la Virgen es Mediadora de todas las gracias, en las palabras de los santos.



[1] Encíclica Ad diem illum laetissimum, 4 de febrero de 1904.
[2] Cfr. Homilía en la Asunción de la Beatísima Virgen María, 2, 2.
[3] Cfr. San Bernardo, Homilía en la Natividad de la Beatísima Virgen María, 7.
[4] Cfr. Homilía en la Natividad de la Beatísima Virgen María, 17.
[5] Cfr. San Bernardo, Homilía en la Natividad de la Beatísima Virgen María, 18.
[6] Cfr. San Bernardo, Homilía para el Domingo infraoctava de la Asunción, 2.
[7] Cfr. San Alfonso María de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 25.
[8] Sermón sobre la pureza.
[9] Amigos de Dios, 280.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las características de la devoción legionaria: Dios y María


         El Manual del Legionario afirma que el legionario encuentra en la devoción a la Virgen, llamada “portento inefable del Altísimo”, su más firme apoyo, “después de Dios”[1]. Es decir, para el Legionario, luego de Dios Uno y Trino, es la Madre de Dios, María Santísima, la que le proporciona auxilio y sostén en todo momento.
         Afirma el Manual que María, comparada con Dios, es nada, porque es una creatura suya y esto a pesar de que, desde el momento mismo en que la creó, Dios la colmó de dones como a ninguna otra creatura: “Dios la sacó da la nada y aunque ya en ese momento inicial la ensalzó hasta una altura de gracia inmensa e inconcebible, respecto de su Hacedor es como la nada”[2].
         Ahora bien, siendo su creatura predilecta, Dios obró “grandes cosas en María”: la asoció desde la eternidad con el Redentor, Jesucristo, para que siendo Virgen fuera al mismo tiempo su Madre y para que fuera también madre de todos los que estuvieran, en el tiempo, unidos a Jesucristo. Dios eligió a María, porque sabía que Ella, en su pureza, amor y humildad, habría de corresponder fielmente a la misión que Él le habría de encargar –esto es, ser Virgen y Madre de Dios, y Madre de todos los hombres-, y la eligió también porque de este modo –por medio de María- “acrecentaba la gloria que habíamos de darle también todos nosotros”; es decir, eligiendo a María, Dios sabía que sería Él glorificado mucho más por nosotros, a través de la Virgen, que por nosotros mismos. Esta doctrina es contraria al pensamiento de los falsos devotos de María, que afirman equivocadamente que, al honrar a la Madre, se menoscaba al Hijo. Dice así el Manual: “Es imposible que ninguna oración o servicio de amor con que obsequiemos a María como a Madre nuestra y Auxiliadora de nuestra salvación pueda redundar en menoscabo de Aquél que quiso crearla así”. Es decir, es erróneo pensar que, honrando a la Madre de Dios, se menoscaba a Dios, porque fue Dios quien quiso que María fuera Virgen y Madre de Dios, para recibir, a través de Ella, nuestra acción de gracias, alabanzas y adoración.
         Todavía más, si para Dios es mayor gloria que las alabanzas pasen a Él a través de María, para nosotros, es mucho más seguro y fácil que nuestras alabanzas, acciones de gracias y adoraciones lleguen a Dios, cuando se las encomendamos a María, que cuando no recurrimos a Ella: “Cuanto le ofrezcamos a Ella, llega a Dios íntegro y seguro. Es más: nuestra ofrenda, al pasar por manos de María, no sólo no sufre mengua, sino que aumenta su valor”. Es decir, no solo llegan a Dios nuestras alabanzas, de modo más rápido, fácil y seguro, cuando lo hacemos a través de María, sino que incluso ¡llegan a Él aumentadas en su valor!, según lo afirma el Manual. La razón es que María “no es simple mensajera”, sino que “ha sido constituida por Dios como elemento vital en la economía de su gracia” –es Mediadora de todas las gracias-; “de suerte que su intervención le procura a Él una gloria mayor, y, a nosotros, más copiosas gracias”. Acudiendo a María, Dios recibe más gloria de parte nuestra, y nosotros recibimos de Dios gracias más abundantes todavía de las que pedimos e imaginamos.
         Esto es así porque Dios hizo que María fuera, además de nuestra celestial Abogada y la celestial Transmisora de nuestros pedidos, “la Medianera de todas las gracias”, la que nos comunica las gracias que provienen de su Hijo Jesús, “Aquél que es la causa y fuente de nuestros favores, la Segunda Persona Divina hecha hombre, nuestra verdadera Vid y única Salvación”, su Hijo Jesús.
        



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. V, 1.
[2] Cfr. ibidem.