sábado, 31 de diciembre de 2016

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios



(Ciclo A – 2017)

         ¿Por qué razón la Iglesia, con su sabiduría celestial, coloca una de las solemnidades más importantes en el mismo inicio del año civil? ¿Es una coincidencia?
         No, no es una coincidencia; es una solemnidad colocada exprofeso al inicio del año civil, y por una razón muy especial. Para conocer esta razón, debemos profundizar en aquello que celebramos en la solemnidad, y es en la condición de María Virgen como Madre de Dios. Que María sea “Madre de Dios” significa que es, verdaderamente, la Madre de Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, porque aunque el Verbo de Dios procede eternamente del Padre, al venir a nuestro mundo lo hizo por medio de la Encarnación, es decir, asumiendo un cuerpo y un alma humanos y nació de María Virgen, constituyéndose la Virgen, en el mismo momento del Nacimiento, en la Madre de Dios, porque enseña Santo Tomás que se llama “madre” a quien da a luz a una persona, y en este caso, la Virgen dio a luz en el tiempo al Dios Eterno, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad. En otras palabras, si bien Jesús es Dios Eterno y, en cuanto tal, es desde siempre, al venir a este mundo, lo hizo a través de María Santísima, luego de asumir nuestra naturaleza humana, y como es la Segunda Persona de la Trinidad, al nacer como un Niño y al dar a luz María a una Persona, se convirtió así la Virgen, sin dejar de ser Virgen, en la Madre del Dios Eterno, Cristo Jesús.
         Es necesario hacer esta digresión para comprender el porqué de tan grande solemnidad al inicio del año civil: Jesús, el Niño Dios, de quien María es Madre, es Eterno, es su misma eternidad, y al entrar en el tiempo terreno, humano, es decir, al entrar en la historia de la humanidad, todo el tiempo y toda la historia humana –el tiempo y la historia de cada hombre en particular- queda “impregnado”, por así decir, de esta eternidad, de manera tal que el rumbo de la historia humana, luego de la Encarnación del Verbo Eterno de Dios, es esencialmente distinto al rumbo previo a la Encarnación: antes de la Encarnación, el hombre –y lo que le pertenece, el tiempo-, estaba fuera de la eternidad de Dios; luego de la Encarnación, y al asumir el Dios Eterno el tiempo humano, toda la historia humana y la historia personal de cada hombre, adquiere un nuevo rumbo, un nuevo horizonte, un nuevo destino, que antes no lo tenía, y es la eternidad divina.
          Esto quiere decir que, con su Encarnación, Dios Hijo ha santificado nuestra naturaleza humana –menos el pecado- y ha santificado por lo tanto el tiempo humano, haciéndolo partícipe de su eternidad. Desde la Encarnación, todo segundo, todo minuto, toda hora, todo día, todo mes, todo año y todos los años del hombre, de cada hombre, adquieren un nuevo sentido, y es el de dirigirse a la eternidad divina o, mejor, a Dios, que es su misma eternidad.
         Si antes de la Encarnación, cada segundo vivido en esta tierra era un segundo que nos apartaba más de Dios, luego de la Encarnación, cada segundo, si es vivido en la gracia de Dios, es un segundo que nos acerca a la eternidad, a Dios, que es la eternidad en sí misma.
         Y esta es entonces la razón por la cual la Iglesia coloca a esta gran solemnidad de la Madre de Dios al inicio del Año Nuevo civil o secular: para que Ella, por quien vino a nuestro mundo y a nuestro tiempo el Dios Eterno, Cristo Jesús, custodie, bendiga y proteja con su amor maternal y celestial, cada segundo del año que se inicia, para que sea un año vivido, en cada segundo, en cada minuto, en cada hora, en cada día, en gracia y de cara a la eternidad, al encuentro del Dios Eterno, Cristo Jesús, que nos espera al final de nuestro paso por la tierra.

Al iniciar el primer segundo de este nuevo año, consagremos nuestra vida y nuestro tiempo a la Madre de Dios, de manera que sea un verdadero Año Feliz, pero no con la felicidad mundana, sino con la felicidad de saber que, más allá del tiempo, nos espera su Hijo, Cristo Jesús, en la eternidad. La Iglesia coloca esta solemnidad al inicio del año nuevo para que consagremos a María todo el año, para que Ella de cada segundo, para mayor gloria de Dios.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Nuestra Señora de Guadalupe


         Debido a que la Virgen de Guadalupe es llamada “Emperatriz de América” y puesto que los bautizados en la Iglesia Católica somos sus hijos y estamos representados en Juan Diego, debemos considerar las palabras de la Virgen, dirigidas a Juan Diego, como dichas directamente a cada uno de nosotros; por lo tanto, debemos meditar y reflexionar profundamente en esas palabras[1].
         Esto es lo que la Virgen le dijo a San Juan Diego:
“Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el Dueño del cielo, Dueño de la tierra”. La Virgen es la Madre de Dios, Perfectísima y Purísima; es la Madre del Creador, del Dueño del cielo y de la tierra, Madre del Creador del universo, visible e invisible; sabiendo esto, ¿por qué hay católicos que acuden a los servidores del Demonio, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, o incluso al mismo Demonio en persona, como la Santa Muerte? El Demonio le tiene terror a la Virgen y la Virgen tiene infinitamente más poder que todo el Infierno junto, entonces, ¿por qué los católicos se apartan de la Verdadera y Única Iglesia y se van a otras religiones y, peor aún, a sectas diabólicas, como el umbandismo, o practican la magia, el ocultismo, la hechicería?
         La Virgen es la Madre de Dios y Dios es la Gracia Increada y por eso la Virgen es la Mediadora de todas las Gracias: ¿creemos realmente en esta verdad? ¿Le pedimos a la Virgen las gracias que necesitamos y lo hacemos por medio del Santo Rosario? Nos quejamos de muchas cosas que nos suceden en la vida y muchas de ellas nos suceden porque con nuestra libertad, elegimos el pecado y no la vida de la gracia; en vez de quejarnos o de acudir a quien no debemos acudir, como los magos, los brujos, los hechiceros, ¿acudimos a la Virgen, por medio del Rosario, sabiendo que la Virgen ha prometido que ni una sola de las gracias que se pidan en el Rosario, dejará de ser concedida? ¿Por qué entonces, en vez de pedir las gracias que necesitamos, a la Virgen, acudimos a quienes sólo nos darán oscuridad, maldiciones y pesares, es decir, las brujas, los hechiceros, los magos?
         La Virgen es Madre de Dios y Dios está en la Eucaristía; sabiendo esto, ¿acudimos a la Eucaristía dominical, para recibir a Dios en el corazón? ¿O dejamos a Dios por un partido de fútbol, por un paseo, por un descanso?
Luego la Virgen le dice: “(Quiero a mis hijos) mostrar (les) y dar (les) todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación (…) porque en verdad soy vuestra Madre compasiva (quiero darles mi amor), a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Sabiendo esto, ¿acudimos a la Virgen en busca de su purísimo amor maternal? ¿Acudimos a la Virgen, invocamos su protección y auxilio en todo momento, confiamos en Ella, le contamos de nuestras miserias, de nuestros dolores y nuestras penas? Y si lo hacemos, ¿esperamos confiados en su ayuda? ¿O, por el contrario, preferimos la “vía oscura”, la vía de los magos y hechiceros?
         Luego de que su tío se agravara en su enfermedad, estando Juan Diego muy angustiado: “Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó”. La Virgen es nuestra “fuente de alegría”, porque Ella es la Madre de Dios, y Dios es “Alegría infinita”, como dicen los santos; ¿creemos verdaderamente en esta verdad? ¿Es la Virgen, y el fruto de sus entrañas, Cristo Dios, la Causa de nuestra alegría? ¿O nos alegramos por motivos mundanos, superficiales, vanos, no sobrenaturales, pasajeros? ¿Es verdaderamente, en nuestra vida personal, de todos los días y en medio de las tribulaciones, preocupaciones y angustias de la vida? Y cuando tenemos estas preocupaciones y angustias, ¿le pedimos a la Virgen, Causa y Fuente de nuestra alegría, que nos dé la Alegría Increada, su Hijo Jesucristo en la Eucaristía?
         Meditemos en las palabras de la Virgen a Juan Diego, y le pidamos la gracia de que se arraiguen profundamente en nuestros corazones y que sean la luz de nuestra vida en la tierra, para que seamos capaces de llegar a contemplar a la Luz Increada, su Hijo Jesucristo, en el Reino de los cielos.
        



[1] http://es.arautos.org/view/show/742-la-virgen-de-guadalupe-a-san-juan-diego

jueves, 8 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 8


Cuando la Virgen se le apareció a Santa Bernardita, se reveló a sí misma como la Inmaculada Concepción: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esta verdad acerca de la Virgen, había sido proclamada como dogma por el Magisterio de la Iglesia cuatro años antes de las apariciones en Lourdes, por medio del Papa Pío IX. Aunque no lo parezca a primera vista, la declaración del dogma y la condición de la Virgen de ser la Inmaculada Concepción, tienen estrecha relación con nuestra espiritual como cristianos. Para saber la relación que hay entre la Virgen Inmaculada Concepción y nuestra vida espiritual, debemos tener presente que la razón por la que la Virgen fue creada con su alma purísima, sin mancha de pecado –pureza inmaculada que, al momento del alma ser infundida en el cuerpo de la Virgen, le comunicó a este de su propia pureza-, fue porque María estaba destinada a ser, por la Encarnación del Verbo, la Madre de Dios. Es decir, la Virgen fue concebida sin pecado original y Llena de la gracia del Espíritu Santo, porque debía alojar en su seno virginal al Verbo de Dios Encarnado. Desde su concepción, la Virgen se convirtió, con su cuerpo y alma purísimos, en Templo del Espíritu Santo y en Sagrario Viviente de Dios Hijo encarnado, porque la Virgen alojó al Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad del Hijo de Dios hecho hombre. Es decir, la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, porque estaba destinada a recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Dios Hijo encarnado.
¿Y qué relación tiene esta verdad acerca de la Virgen, con nuestra vida espiritual? En que nosotros, que somos hijos de la Virgen, hemos sido llamados, al igual que la Virgen, a recibir al Hijo de Dios Encarnado, que viene a nosotros con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, y para eso, debemos imitarla a María, con el alma en gracia y con un cuerpo casto, convertido por la gracia en templo del Espíritu Santo.

Es decir, la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, para recibir al Verbo de Dios con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; de igual manera, nosotros hemos sido adoptados como hijos por la Virgen, para recibir –con el alma en gracia y viviendo en castidad- el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía. Esta es la estrecha relación que existe entre el dogma de la Inmaculada Concepción y nuestra vida espiritual como católicos.
Celebrar la Inmaculada Concepción no se reduce a un recuerdo litúrgico una vez al año, ni significa tampoco una devoción llevada superficialmente: la verdadera devoción a la Inmaculada Concepción implica hacer el firme propósito de evitar el pecado y vivir en estado de gracia santificante hasta el último segundo de vida.

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 7


El día Jueves 25 de marzo, la Virgen revela su nombre a Santa Bernardita: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: “Soy la Inmaculada Concepción”.
De esta manera, el Cielo confirmaba, con esta grandiosa aparición de la Virgen, la condición de María como Inmaculada Concepción, proclamada por el Magisterio de la Iglesia cuatro años antes: en efecto, el 8 de diciembre de 1854 el Sumo Pontífice Pío IX había proclamado el dogma y establecido la fiesta de la Inmaculada Concepción para toda la Iglesia universal: “Declaramos que la doctrina que dice que María fue concebida sin pecado original es doctrina revelada por Dios y que a todos obliga a creerla como dogma de fe”. Esta proclamación se efectuó luego de prolongados estudios teológicos y también después de recibir numerosas peticiones de todos los obispos y fieles de todo el mundo para que así lo estableciese[1].
Ahora bien, si tanto el Cielo mismo, en la persona de la Virgen, como la Iglesia de Jesucristo, por medio del Magisterio, nos revelan que María Santísima fue concebida sin pecado original, esto significa que, por un lado, es un dogma de fe católico que debe ser creído plenamente, so pena de caer en el error y la apostasía, pero significa también que la condición de la Virgen de ser Inmaculada Concepción constituye, para sus hijos –es decir, para nosotros, los católicos-, todo un programa de vida, por el cual alcanzar la santidad.
Es decir, que tanto la Virgen en persona, como el Magisterio de la Iglesia, nos revelen la verdad de la Virgen de haber sido concebida sin mancha de pecado original y Llena del Espíritu Santo, no constituyen solo fórmulas dogmáticas que deben ser creídas, sino que deben ser aplicadas y vividas en la vida cotidiana de todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, desde el Papa hasta el más pequeño de los bautizados, pasando por todo el Pueblo de Dios, sin excepción.
¿De qué manera se constituye la Virgen en nuestro modelo de vida cristiana? De dos maneras: por el hecho de ser concebida sin pecado original y por el hecho de estar la Virgen, desde el primer instante de su Purísima Concepción, inhabitada por el Espíritu Santo. Es en estos dos aspectos en los que la Virgen constituye nuestro modelo de vida cristiana, y veremos de qué manera: con respecto al pecado, es obvio que no hemos sido concebidos sin pecado original, como la Virgen, y que como consecuencia del pecado original, estamos atraídos por la concupiscencia, hacia el mal: al no tener pecado original -lo cual quiere decir que la Virgen jamás cometió no solo ni siquiera un pecado venial, sino ni siquiera la más pequeñísima imperfección, pues Ella era perfectísima en su naturaleza humana-, la Virgen es nuestro modelo de vida cristiana que nos enseña a rechazar todo pecado, no solo el mortal, sino también el venial, además de enseñarnos a tender a la perfección, evitando también toda imperfección.
En la otra condición de la Virgen, el de ser la Llena de gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, también es nuestro modelo, porque si bien nosotros no hemos sido concebidos de esa manera, sí podemos imitar a la Virgen en el hecho de vivir en gracia, y esto lo conseguimos por medio del Sacramento de la Penitencia, limpiando nuestras almas del pecado y recibiendo la gracia, y por el Sacramento de la Eucaristía, sacramento por el cual viene a nuestros almas Aquel que es la Gracia Increada en sí misma, Cristo Jesús.
“Soy la Inmaculada Concepción”, le dijo la Virgen a Bernardita, confirmando así lo que la Iglesia nos enseña, que la Virgen es la Inmaculada Concepción, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios, es decir, el Sagrario Viviente en el que debía alojarse el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Como hijos de la Virgen, estamos llamados a imitar a Nuestra Madre del cielo en los dos aspectos más característicos de la Virgen: en el rechazo de todo pecado –prefiriendo la muerte terrena antes que cometer un pecado venial deliberada o un pecado mortal- y en vivir en gracia, no solo conservándola, sino también acrecentándola, con actos de fe, de caridad y con la Comunión Eucarística hecha con fe, con piedad y con amor.
         Festejar a la Inmaculada Concepción, no significa solamente homenajear a la Virgen con procesiones, cantos y oraciones, sino, ante todo, hacer una profunda reforma de vida, imitándola a la Virgen, en la vida de todos los días, en el rechazo del más pequeñísimo pecado y en el vivir en estado de gracia permanente. Para que nuestra devoción a la Inmaculada Concepción no sea vana, debe conducirnos a la conversión del corazón y en consecuencia a un profundo cambio de vida, caracterizado por el rechazo del pecado y el deseo de vivir en estado de gracia santificante.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/

martes, 6 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 6


Uno de los aspectos de las apariciones de la Virgen como la Inmaculada Concepción, es el de la penitencia, acto espiritual –interior- y corporal –exterior- necesario para la conversión de los pecadores.
En una de las apariciones, la del día Jueves 25 de febrero, la Virgen indicará, a Bernardita y a toda la Iglesia, uno de los modos de hacer esta penitencia, y es la auto-humillación. En efecto, la Virgen le dice así a Santa Bernardita: “(la Virgen) me dijo que fuera a beber a la fuente […] no encontré más que un poco de agua fangosa. Al cuarto intento, conseguí beber; me mandó también que comiera hierba que había cerca de la fuente, luego la visión desapareció y me marché”.
Las personas que veían la escena pensaban que Santa Bernardita no estaba en su sano juicio y es así que le dijeron: “¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”. Ante esta situación, Bernardita simplemente respondió: “Es por los pecadores”. Lo que debemos considerar en esta situación es que, por un lado, a Bernardita la trataron de “loca” literalmente; por otro lado, hay que considerar que si lo hizo Bernardita, fue por expresas indicaciones de la Virgen, lo cual quiere decir que la Virgen le enseñó a Bernardita la auto-humillación, como forma de imitar a Jesús, humillado en la Pasión. Es decir, la humillación de Santa Bernardita tenía como fin el participar a la humillación de Jesús en la Pasión, llevada a cabo por Él para obtener nuestra conversión y salvación.
La auto-humillación es una penitencia que asemeja al alma a Jesús, porque Jesús se auto-humilló de numerosas maneras, comenzando por la misma Encarnación. Jesús se auto-humilló en la Encarnación, porque siendo Dios, y sin dejar de ser Dios, se encarnó en una naturaleza tan inferior, como la nuestra, y no solo, sino que estaba contaminada por el pecado, aunque al encarnarse no asumió el pecado, sino lo que no estaba por éste contaminado.
Jesús se auto-humilló en la Última Cena, al asumir una tarea de esclavos, como es el lavado de pies a sus propios discípulos, y además, al arrodillarse delante de ellos, incluido Judas Iscariote, el traidor, como implorándole su amor, y suplicándole que se arrepienta y que no se condene en el Infierno.
Jesús se auto-humilló en la Pasión, permitiendo que seres tan inferiores y despreciables, como somos los humanos, lo apresáramos, para luego someterlo a un juicio inicuo, condenándolo a muerte, como si fuera el peor de los reos, a Él, que era el Cordero Inmaculado, el Cordero Tres veces Santo, el Hijo del Dios Altísimo, que se encarnaba para morir en la cruz por nuestra salvación.
La auto-humillación, entonces, y también las humillaciones que podamos sufrir por parte de nuestros prójimos, son formas excelentísimas de penitencia porque, unidas a las humillaciones sufridas voluntariamente por Jesús en la Pasión, nos obtienen nuestra propia santificación y nos consiguen la salvación de incontables almas y la conversión de numerosos pecadores. Éste es, entonces, otro de los mensajes dados por Nuestra Señora, la Madre de Dios, al aparecerse como la Inmaculada Concepción a Santa Bernardita.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 5


El día Miércoles 24 de febrero la Virgen dice: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Acto seguido, le da un ejemplo de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.
¿Qué es la Penitencia? ¿Por qué tanta insistencia de la Virgen, al punto de repetir por tres veces la misma palabra?
La Penitencia –que deriva del latín paenitentia; en griego, metánoia), significa la conversión del pecador; con esta palabra se abarcan los actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido. Aunque la penitencia es también un sacramento, el cuarto, instituido por Cristo para devolver al cristiano pecador la gracia perdida con el pecado, pero en el sentido en el que lo pide la Virgen, es ante todo el primero, es decir, actos con los cuales se busca reparar el pecado.
La penitencia es necesaria para la conversión, que es a su vez un “cambio de orientación” del corazón, que debe dejar de mirar a la tierra y las cosas bajas, para elevar la vista del alma a Jesús, Sol de justicia, y así desear no los bienes terrenos, sino los bienes eternos.
La penitencia es necesaria para la conversión, porque se reconoce la presencia del pecado, esto es, de todo lo malo que, surgiendo del corazón del hombre, lo aparta de Dios; por otro lado, la penitencia es, ante todo, un profundo acto interior, por el que se reconoce que en estado de pecado el hombre no agrada a Dios y que, si quiere serle agradable, debe cambiar el corazón. Del modo en el que lo pide la Virgen, podemos decir que, en este caso, se trata de una “penitencia vicaria”, es decir, una penitencia hecha en nombre de y a favor de un pecador, que por sí mismo no lo hace, y el objetivo es implorar, por la penitencia, la conversión del corazón a Jesucristo, Sol de justicia.
La importancia de la conversión, por medio de la penitencia, se constata al comprobar que la conversión (metanoia) es el tema central de la predicación, tanto del Bautista, así como de los otros profetas anteriores a él. Pero incluso toda la predicación de Cristo se centró en la proclamación de la penitencia y de la conversión como condición para poder entrar en el Reino (Mt 4,17; Lc 5,32: 13, 3-5).
Todo el Evangelio nos revela que el mensaje de Cristo es una llamada a la conversión profunda del corazón, a tal punto que la palabra corazón aparece en ellos 159 veces.
Sin penitencia no hay conversión y sin conversión no es posible el ingreso en el Reino de los cielos. La metánoia consiste en una conversión profunda, total, definitiva, en un cambio de la vida del hombre, en un distanciamiento absoluto del pecado y del mal para volverse a Dios y a Cristo en la fe. Ahora bien, el arrepentimiento en realidad sigue siendo una iniciativa divina, va que tiene su fuente en el don de Jesucristo y proviene de la misericordia del Padre, aunque es también y sobre todo respuesta del hombre que, iluminado por Dios, toma conciencia de estar en situación de pecado y decide un cambio en su existencia.

La conversión consiste en una inversión en el movimiento interior del corazón, que deja de estar orientado hacia la tierra, la oscuridad y el propio “yo”, para elevar la mirada del alma a Jesucristo, Dios Hijo encarnado, y la señal de que este cambio se está produciendo en el alma, es la disposición a negarse a sí mismo y a cargar la cruz de cada día en pos de Jesús, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, el hombre que vive con la vida de la gracia. El valor de la penitencia está en que nos lleva a la conversión. No solo nos convertirnos del pecado sino que nos movemos hacia Dios y su vida. No hay conversión profunda sin penitencia. En nuestros días, el mundo se ha alejado radicalmente de Dios, puesto que sus Mandamientos no cuentan ya para nada para la sociedad humana. Se ha cumplido lo que un filósofo decía, que había que vivir “Etsi Deus non daretur”, es decir, “Como si Dios no existiera”. Pero un mundo así, un mundo sin Dios y su Cristo, es un mundo no converso, inmerso en las siniestras tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia, acechado y dominado por las tinieblas vivientes, los Demonios, y lo peor de todo es que, humanamente, el mundo sin Dios no puede revertir, por sí mismo, el camino que él mismo ha elegido, el camino de la eterna perdición. Es por esto que la Virgen nos pide, por medio de Santa Bernardita, y con tanta insistencia, la penitencia, tanto por nosotros mismos, como la penitencia vicaria, por nuestros hermanos, los hombres, para que convirtamos nuestros corazones al Amor de Dios.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 4


         Cuando se consideran las apariciones marianas –las que están estrictamente aprobadas por la Iglesia, como la Inmaculada Concepción- de un modo superficial, se piensa que, por un lado, la Virgen es un personaje poco menos que folclórico, que la aparición en sí misma es algo que debe permanecer como mero objeto de devoción sensible, y que el destinatario de las apariciones, es decir, el vidente, gozará, de ahora en adelante, de una vida “celestial”, hecha de gozos, dones, y éxtasis místicos de todo tipo, y que su vida será poco menos que un lecho de rosas. Esto es lo que, por lo general, existe en el imaginario de las personas, que creen que cuando la Virgen se aparece, todo en la vida del beneficiado “anda sobre rieles”.
Sin embargo, si bien puede ser así, no lo es en la gran mayoría de los casos, incluida la aparición a Santa Bernardita. Lejos de prometerle la Virgen una vida cómoda y placentera, le advirtió, desde un primer momento, que no le prometía la felicidad en este mundo, sino “en el otro”: “No es necesario” y añade “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”[1].
¿Por qué? Porque el vidente es elegido para participar de la Pasión redentora de Jesús, evento salvífico que se lleva a cabo en el ara inmaculada de la Santa Cruz. Además, todas las realidades de esta vida, sean tanto penas y tristezas, como gozos y alegrías, son transitorias, a diferencia de lo que sucede en la vida eterna, en donde todo –sean los dolores del Infierno, como los gozos del Cielo, son para siempre-. Por otra parte, cuanto más un alma participe de la Pasión del Salvador –con sus tribulaciones, angustias, humillaciones, vejaciones, etc.-, tanto más se purifica en esta vida y pasa a la otra directamente a gozar de visión beatífica de la Trinidad, sin paso previo por el Purgatorio. Entonces, la cruz para el vidente, es una de las pruebas de que la aparición es verdadera, esto es, que viene del cielo, porque significa que está participando de la Pasión de Jesús, que conduce al cielo. Entre otras cosas, Santa Bernardita no solo sufrió humillaciones en las mismas apariciones –por ejemplo, cuando buscó con su rostro en el barro el agua del manantial que le pedía la Virgen, o también cuando sus superioras religiosas la humillaban, sea en el convento, como incluso delante del obispo, ante quien su superiora dijo de Bernardita: “¡Es una tonta!”.
Por el contrario, si en vez de esto, por causa de las supuestas “revelaciones” se da un éxito de tipo mundano, con ganancias materiales, con reconocimiento de la prensa mundana, más las señales de orgullo y soberbia en el vidente, es clara señal de que la aparición no proviene de la Virgen, porque el orgullo y la soberbia y la mundanidad no son frutos del Espíritu Santo, al tiempo que alejan al alma de la Virgen y de Jesucristo.
“No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”. A nosotros no se nos aparecerá la Virgen sensiblemente, como en el caso de Santa Bernardita, pero eso no significa que la Virgen no esté presente en nuestras vidas, y podemos reconocer su presencia si es que se cumplen en nosotros lo que la Virgen le dijo a Santa Bernardita: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”; es decir, si pasamos tribulaciones, vejaciones, humillaciones, por el nombre de Cristo, entonces debemos considerarnos afortunados, porque eso significa que la Madre de Dios está con nosotros y que está cumpliendo su promesa de darnos una eternidad de gozo en la otra vida.
        





[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/