jueves, 8 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 8


Cuando la Virgen se le apareció a Santa Bernardita, se reveló a sí misma como la Inmaculada Concepción: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esta verdad acerca de la Virgen, había sido proclamada como dogma por el Magisterio de la Iglesia cuatro años antes de las apariciones en Lourdes, por medio del Papa Pío IX. Aunque no lo parezca a primera vista, la declaración del dogma y la condición de la Virgen de ser la Inmaculada Concepción, tienen estrecha relación con nuestra espiritual como cristianos. Para saber la relación que hay entre la Virgen Inmaculada Concepción y nuestra vida espiritual, debemos tener presente que la razón por la que la Virgen fue creada con su alma purísima, sin mancha de pecado –pureza inmaculada que, al momento del alma ser infundida en el cuerpo de la Virgen, le comunicó a este de su propia pureza-, fue porque María estaba destinada a ser, por la Encarnación del Verbo, la Madre de Dios. Es decir, la Virgen fue concebida sin pecado original y Llena de la gracia del Espíritu Santo, porque debía alojar en su seno virginal al Verbo de Dios Encarnado. Desde su concepción, la Virgen se convirtió, con su cuerpo y alma purísimos, en Templo del Espíritu Santo y en Sagrario Viviente de Dios Hijo encarnado, porque la Virgen alojó al Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad del Hijo de Dios hecho hombre. Es decir, la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, porque estaba destinada a recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Dios Hijo encarnado.
¿Y qué relación tiene esta verdad acerca de la Virgen, con nuestra vida espiritual? En que nosotros, que somos hijos de la Virgen, hemos sido llamados, al igual que la Virgen, a recibir al Hijo de Dios Encarnado, que viene a nosotros con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, y para eso, debemos imitarla a María, con el alma en gracia y con un cuerpo casto, convertido por la gracia en templo del Espíritu Santo.

Es decir, la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, para recibir al Verbo de Dios con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; de igual manera, nosotros hemos sido adoptados como hijos por la Virgen, para recibir –con el alma en gracia y viviendo en castidad- el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía. Esta es la estrecha relación que existe entre el dogma de la Inmaculada Concepción y nuestra vida espiritual como católicos.
Celebrar la Inmaculada Concepción no se reduce a un recuerdo litúrgico una vez al año, ni significa tampoco una devoción llevada superficialmente: la verdadera devoción a la Inmaculada Concepción implica hacer el firme propósito de evitar el pecado y vivir en estado de gracia santificante hasta el último segundo de vida.

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 7


El día Jueves 25 de marzo, la Virgen revela su nombre a Santa Bernardita: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: “Soy la Inmaculada Concepción”.
De esta manera, el Cielo confirmaba, con esta grandiosa aparición de la Virgen, la condición de María como Inmaculada Concepción, proclamada por el Magisterio de la Iglesia cuatro años antes: en efecto, el 8 de diciembre de 1854 el Sumo Pontífice Pío IX había proclamado el dogma y establecido la fiesta de la Inmaculada Concepción para toda la Iglesia universal: “Declaramos que la doctrina que dice que María fue concebida sin pecado original es doctrina revelada por Dios y que a todos obliga a creerla como dogma de fe”. Esta proclamación se efectuó luego de prolongados estudios teológicos y también después de recibir numerosas peticiones de todos los obispos y fieles de todo el mundo para que así lo estableciese[1].
Ahora bien, si tanto el Cielo mismo, en la persona de la Virgen, como la Iglesia de Jesucristo, por medio del Magisterio, nos revelan que María Santísima fue concebida sin pecado original, esto significa que, por un lado, es un dogma de fe católico que debe ser creído plenamente, so pena de caer en el error y la apostasía, pero significa también que la condición de la Virgen de ser Inmaculada Concepción constituye, para sus hijos –es decir, para nosotros, los católicos-, todo un programa de vida, por el cual alcanzar la santidad.
Es decir, que tanto la Virgen en persona, como el Magisterio de la Iglesia, nos revelen la verdad de la Virgen de haber sido concebida sin mancha de pecado original y Llena del Espíritu Santo, no constituyen solo fórmulas dogmáticas que deben ser creídas, sino que deben ser aplicadas y vividas en la vida cotidiana de todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, desde el Papa hasta el más pequeño de los bautizados, pasando por todo el Pueblo de Dios, sin excepción.
¿De qué manera se constituye la Virgen en nuestro modelo de vida cristiana? De dos maneras: por el hecho de ser concebida sin pecado original y por el hecho de estar la Virgen, desde el primer instante de su Purísima Concepción, inhabitada por el Espíritu Santo. Es en estos dos aspectos en los que la Virgen constituye nuestro modelo de vida cristiana, y veremos de qué manera: con respecto al pecado, es obvio que no hemos sido concebidos sin pecado original, como la Virgen, y que como consecuencia del pecado original, estamos atraídos por la concupiscencia, hacia el mal: al no tener pecado original -lo cual quiere decir que la Virgen jamás cometió no solo ni siquiera un pecado venial, sino ni siquiera la más pequeñísima imperfección, pues Ella era perfectísima en su naturaleza humana-, la Virgen es nuestro modelo de vida cristiana que nos enseña a rechazar todo pecado, no solo el mortal, sino también el venial, además de enseñarnos a tender a la perfección, evitando también toda imperfección.
En la otra condición de la Virgen, el de ser la Llena de gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, también es nuestro modelo, porque si bien nosotros no hemos sido concebidos de esa manera, sí podemos imitar a la Virgen en el hecho de vivir en gracia, y esto lo conseguimos por medio del Sacramento de la Penitencia, limpiando nuestras almas del pecado y recibiendo la gracia, y por el Sacramento de la Eucaristía, sacramento por el cual viene a nuestros almas Aquel que es la Gracia Increada en sí misma, Cristo Jesús.
“Soy la Inmaculada Concepción”, le dijo la Virgen a Bernardita, confirmando así lo que la Iglesia nos enseña, que la Virgen es la Inmaculada Concepción, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios, es decir, el Sagrario Viviente en el que debía alojarse el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Como hijos de la Virgen, estamos llamados a imitar a Nuestra Madre del cielo en los dos aspectos más característicos de la Virgen: en el rechazo de todo pecado –prefiriendo la muerte terrena antes que cometer un pecado venial deliberada o un pecado mortal- y en vivir en gracia, no solo conservándola, sino también acrecentándola, con actos de fe, de caridad y con la Comunión Eucarística hecha con fe, con piedad y con amor.
         Festejar a la Inmaculada Concepción, no significa solamente homenajear a la Virgen con procesiones, cantos y oraciones, sino, ante todo, hacer una profunda reforma de vida, imitándola a la Virgen, en la vida de todos los días, en el rechazo del más pequeñísimo pecado y en el vivir en estado de gracia permanente. Para que nuestra devoción a la Inmaculada Concepción no sea vana, debe conducirnos a la conversión del corazón y en consecuencia a un profundo cambio de vida, caracterizado por el rechazo del pecado y el deseo de vivir en estado de gracia santificante.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/

martes, 6 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 6


Uno de los aspectos de las apariciones de la Virgen como la Inmaculada Concepción, es el de la penitencia, acto espiritual –interior- y corporal –exterior- necesario para la conversión de los pecadores.
En una de las apariciones, la del día Jueves 25 de febrero, la Virgen indicará, a Bernardita y a toda la Iglesia, uno de los modos de hacer esta penitencia, y es la auto-humillación. En efecto, la Virgen le dice así a Santa Bernardita: “(la Virgen) me dijo que fuera a beber a la fuente […] no encontré más que un poco de agua fangosa. Al cuarto intento, conseguí beber; me mandó también que comiera hierba que había cerca de la fuente, luego la visión desapareció y me marché”.
Las personas que veían la escena pensaban que Santa Bernardita no estaba en su sano juicio y es así que le dijeron: “¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”. Ante esta situación, Bernardita simplemente respondió: “Es por los pecadores”. Lo que debemos considerar en esta situación es que, por un lado, a Bernardita la trataron de “loca” literalmente; por otro lado, hay que considerar que si lo hizo Bernardita, fue por expresas indicaciones de la Virgen, lo cual quiere decir que la Virgen le enseñó a Bernardita la auto-humillación, como forma de imitar a Jesús, humillado en la Pasión. Es decir, la humillación de Santa Bernardita tenía como fin el participar a la humillación de Jesús en la Pasión, llevada a cabo por Él para obtener nuestra conversión y salvación.
La auto-humillación es una penitencia que asemeja al alma a Jesús, porque Jesús se auto-humilló de numerosas maneras, comenzando por la misma Encarnación. Jesús se auto-humilló en la Encarnación, porque siendo Dios, y sin dejar de ser Dios, se encarnó en una naturaleza tan inferior, como la nuestra, y no solo, sino que estaba contaminada por el pecado, aunque al encarnarse no asumió el pecado, sino lo que no estaba por éste contaminado.
Jesús se auto-humilló en la Última Cena, al asumir una tarea de esclavos, como es el lavado de pies a sus propios discípulos, y además, al arrodillarse delante de ellos, incluido Judas Iscariote, el traidor, como implorándole su amor, y suplicándole que se arrepienta y que no se condene en el Infierno.
Jesús se auto-humilló en la Pasión, permitiendo que seres tan inferiores y despreciables, como somos los humanos, lo apresáramos, para luego someterlo a un juicio inicuo, condenándolo a muerte, como si fuera el peor de los reos, a Él, que era el Cordero Inmaculado, el Cordero Tres veces Santo, el Hijo del Dios Altísimo, que se encarnaba para morir en la cruz por nuestra salvación.
La auto-humillación, entonces, y también las humillaciones que podamos sufrir por parte de nuestros prójimos, son formas excelentísimas de penitencia porque, unidas a las humillaciones sufridas voluntariamente por Jesús en la Pasión, nos obtienen nuestra propia santificación y nos consiguen la salvación de incontables almas y la conversión de numerosos pecadores. Éste es, entonces, otro de los mensajes dados por Nuestra Señora, la Madre de Dios, al aparecerse como la Inmaculada Concepción a Santa Bernardita.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 5


El día Miércoles 24 de febrero la Virgen dice: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Acto seguido, le da un ejemplo de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.
¿Qué es la Penitencia? ¿Por qué tanta insistencia de la Virgen, al punto de repetir por tres veces la misma palabra?
La Penitencia –que deriva del latín paenitentia; en griego, metánoia), significa la conversión del pecador; con esta palabra se abarcan los actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido. Aunque la penitencia es también un sacramento, el cuarto, instituido por Cristo para devolver al cristiano pecador la gracia perdida con el pecado, pero en el sentido en el que lo pide la Virgen, es ante todo el primero, es decir, actos con los cuales se busca reparar el pecado.
La penitencia es necesaria para la conversión, que es a su vez un “cambio de orientación” del corazón, que debe dejar de mirar a la tierra y las cosas bajas, para elevar la vista del alma a Jesús, Sol de justicia, y así desear no los bienes terrenos, sino los bienes eternos.
La penitencia es necesaria para la conversión, porque se reconoce la presencia del pecado, esto es, de todo lo malo que, surgiendo del corazón del hombre, lo aparta de Dios; por otro lado, la penitencia es, ante todo, un profundo acto interior, por el que se reconoce que en estado de pecado el hombre no agrada a Dios y que, si quiere serle agradable, debe cambiar el corazón. Del modo en el que lo pide la Virgen, podemos decir que, en este caso, se trata de una “penitencia vicaria”, es decir, una penitencia hecha en nombre de y a favor de un pecador, que por sí mismo no lo hace, y el objetivo es implorar, por la penitencia, la conversión del corazón a Jesucristo, Sol de justicia.
La importancia de la conversión, por medio de la penitencia, se constata al comprobar que la conversión (metanoia) es el tema central de la predicación, tanto del Bautista, así como de los otros profetas anteriores a él. Pero incluso toda la predicación de Cristo se centró en la proclamación de la penitencia y de la conversión como condición para poder entrar en el Reino (Mt 4,17; Lc 5,32: 13, 3-5).
Todo el Evangelio nos revela que el mensaje de Cristo es una llamada a la conversión profunda del corazón, a tal punto que la palabra corazón aparece en ellos 159 veces.
Sin penitencia no hay conversión y sin conversión no es posible el ingreso en el Reino de los cielos. La metánoia consiste en una conversión profunda, total, definitiva, en un cambio de la vida del hombre, en un distanciamiento absoluto del pecado y del mal para volverse a Dios y a Cristo en la fe. Ahora bien, el arrepentimiento en realidad sigue siendo una iniciativa divina, va que tiene su fuente en el don de Jesucristo y proviene de la misericordia del Padre, aunque es también y sobre todo respuesta del hombre que, iluminado por Dios, toma conciencia de estar en situación de pecado y decide un cambio en su existencia.

La conversión consiste en una inversión en el movimiento interior del corazón, que deja de estar orientado hacia la tierra, la oscuridad y el propio “yo”, para elevar la mirada del alma a Jesucristo, Dios Hijo encarnado, y la señal de que este cambio se está produciendo en el alma, es la disposición a negarse a sí mismo y a cargar la cruz de cada día en pos de Jesús, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, el hombre que vive con la vida de la gracia. El valor de la penitencia está en que nos lleva a la conversión. No solo nos convertirnos del pecado sino que nos movemos hacia Dios y su vida. No hay conversión profunda sin penitencia. En nuestros días, el mundo se ha alejado radicalmente de Dios, puesto que sus Mandamientos no cuentan ya para nada para la sociedad humana. Se ha cumplido lo que un filósofo decía, que había que vivir “Etsi Deus non daretur”, es decir, “Como si Dios no existiera”. Pero un mundo así, un mundo sin Dios y su Cristo, es un mundo no converso, inmerso en las siniestras tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia, acechado y dominado por las tinieblas vivientes, los Demonios, y lo peor de todo es que, humanamente, el mundo sin Dios no puede revertir, por sí mismo, el camino que él mismo ha elegido, el camino de la eterna perdición. Es por esto que la Virgen nos pide, por medio de Santa Bernardita, y con tanta insistencia, la penitencia, tanto por nosotros mismos, como la penitencia vicaria, por nuestros hermanos, los hombres, para que convirtamos nuestros corazones al Amor de Dios.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 4


         Cuando se consideran las apariciones marianas –las que están estrictamente aprobadas por la Iglesia, como la Inmaculada Concepción- de un modo superficial, se piensa que, por un lado, la Virgen es un personaje poco menos que folclórico, que la aparición en sí misma es algo que debe permanecer como mero objeto de devoción sensible, y que el destinatario de las apariciones, es decir, el vidente, gozará, de ahora en adelante, de una vida “celestial”, hecha de gozos, dones, y éxtasis místicos de todo tipo, y que su vida será poco menos que un lecho de rosas. Esto es lo que, por lo general, existe en el imaginario de las personas, que creen que cuando la Virgen se aparece, todo en la vida del beneficiado “anda sobre rieles”.
Sin embargo, si bien puede ser así, no lo es en la gran mayoría de los casos, incluida la aparición a Santa Bernardita. Lejos de prometerle la Virgen una vida cómoda y placentera, le advirtió, desde un primer momento, que no le prometía la felicidad en este mundo, sino “en el otro”: “No es necesario” y añade “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”[1].
¿Por qué? Porque el vidente es elegido para participar de la Pasión redentora de Jesús, evento salvífico que se lleva a cabo en el ara inmaculada de la Santa Cruz. Además, todas las realidades de esta vida, sean tanto penas y tristezas, como gozos y alegrías, son transitorias, a diferencia de lo que sucede en la vida eterna, en donde todo –sean los dolores del Infierno, como los gozos del Cielo, son para siempre-. Por otra parte, cuanto más un alma participe de la Pasión del Salvador –con sus tribulaciones, angustias, humillaciones, vejaciones, etc.-, tanto más se purifica en esta vida y pasa a la otra directamente a gozar de visión beatífica de la Trinidad, sin paso previo por el Purgatorio. Entonces, la cruz para el vidente, es una de las pruebas de que la aparición es verdadera, esto es, que viene del cielo, porque significa que está participando de la Pasión de Jesús, que conduce al cielo. Entre otras cosas, Santa Bernardita no solo sufrió humillaciones en las mismas apariciones –por ejemplo, cuando buscó con su rostro en el barro el agua del manantial que le pedía la Virgen, o también cuando sus superioras religiosas la humillaban, sea en el convento, como incluso delante del obispo, ante quien su superiora dijo de Bernardita: “¡Es una tonta!”.
Por el contrario, si en vez de esto, por causa de las supuestas “revelaciones” se da un éxito de tipo mundano, con ganancias materiales, con reconocimiento de la prensa mundana, más las señales de orgullo y soberbia en el vidente, es clara señal de que la aparición no proviene de la Virgen, porque el orgullo y la soberbia y la mundanidad no son frutos del Espíritu Santo, al tiempo que alejan al alma de la Virgen y de Jesucristo.
“No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”. A nosotros no se nos aparecerá la Virgen sensiblemente, como en el caso de Santa Bernardita, pero eso no significa que la Virgen no esté presente en nuestras vidas, y podemos reconocer su presencia si es que se cumplen en nosotros lo que la Virgen le dijo a Santa Bernardita: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”; es decir, si pasamos tribulaciones, vejaciones, humillaciones, por el nombre de Cristo, entonces debemos considerarnos afortunados, porque eso significa que la Madre de Dios está con nosotros y que está cumpliendo su promesa de darnos una eternidad de gozo en la otra vida.
        





[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/

jueves, 1 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 3


         Para poder sacar provecho espiritual de las Apariciones de la Virgen a Santa Bernardita, como la Inmaculada Concepción, es necesario repasar brevemente los hechos centrales de una de las más grandes manifestaciones marianas de todos los tiempos.
         El día Jueves 18 de febrero de 1858, luego de que Santa Bernardita le ofreciera papel y una pluma para que le escribiera su nombre, la Virgen le habla a Santa Bernardita y le dice: “No es necesario” y añade “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”[1].
         El día Miércoles 24 de febrero la Virgen dice: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Acto seguido, le da un ejemplo de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.
         El día Jueves 25 de febrero, la Virgen le dice a Santa Bernardita que haga dos cosas que, a los ojos de los demás, parecieran no tener sentido y, sobre todo, provocan la humillación de Santa Bernardita. No será más que la explicitación del modo de hacer penitencia, pidiendo por la conversión de los pecadores. Dice así Santa Bernardita: “(la Virgen) me dijo que fuera a beber a la fuente […] no encontré más que un poco de agua fangosa. Al cuarto intento, conseguí beber; me mandó también que comiera hierba que había cerca de la fuente, luego la visión desapareció y me marché”. Como es lógico, la muchedumbre –unas trescientas personas- que se había congregado a causa de las apariciones, le hace notar a Santa Bernardita aquello que es de sentido común: que alguien que haga lo que hizo ella, no pareciera estar en sus cabales: “(la gente le dice) ¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?“, Bernardita sólo contesta, “Es por los pecadores”. En todo esto, no debemos olvidar que Nuestro Señor Jesucristo fue humillado infinitamente más en la Pasión, y que la humillación que sufrió Santa Bernardita, no es sino una participación a la humillación de Jesús en la Pasión, humillación a la que todos los cristianos estamos llamados a participar, por el mismo fin: la conversión de los pecadores.
El día Jueves 25 de marzo, la Virgen revela su nombre: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: “Soy la Inmaculada Concepción”.
De acuerdo a esto, podemos decir que el mensaje que la Virgen dio en Lourdes se puede resumir en los siguientes elementos:
El cielo confirma, por la aparición de la Virgen, la verdad que había sido declarada por el Magisterio cuatro años antes por Pío IX, acerca de la Inmaculada Concepción, presentándose así también la Virgen como Madre y modelo de pureza para la humanidad, lo cual es sumamente vigente en estos días, en los que la inmoralidad no solo es universal y generalizada, sino que se la reclama como “derecho humano”.
La Virgen realizó innumerables curaciones físicas y espirituales, como signos que nos llaman a convertirnos a su Hijo Jesús.
La Virgen se revela a Santa Bernardita, una niña cuasi-analfabeta, pero humilde y con un alma pura, confirmando así que Dios “exalta a los humildes y rechaza a los soberbios” y que “oculta sus secretos a los grandes del mundo, al tiempo que los revela a los más pequeños.
La Virgen nos enseña que esta vida no es un “paraíso”, ni que estamos aquí para disfrutar o para pasarla bien; además, que el hecho de que se le aparezca a un alma, no significa que esa alma no pasará tribulaciones y que todo en su vida será un lecho de rosas; por el contrario, afrontará pruebas y tribulaciones aún más fuertes que antes, pero la Virgen no la dejará desamparada. Dice San Bernardita que la Virgen le dijo así: “Yo también te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro”. En otras palabras, la Virgen nos advierte acerca de la imperiosa necesidad de configurar nuestras almas a Cristo crucificado, y que el paraíso no está en esta tierra, sino en el cielo, por lo que es un grave error, para el cristiano, pretender vivir sin la Cruz en esta vida, único camino al cielo.
En todas las apariciones la Virgen vino con su Rosario, con lo cual nos quiere hacer ver la gran importancia de rezarlo, para pedir y obtener gracias de todo tipo.
En estas apariciones, la Virgen nos hace ver la importancia de la oración, de la penitencia y humildad (besando el suelo como señal de ello), además de transmitir un mensaje de misericordia infinita para los pecadores –casi todo lo que la Virgen pide, como la penitencia, la mortificación, el Rosario, es para la conversión de los pecadores- y del cuidado de los enfermos.
Por último, en las apariciones de la Inmaculada Concepción se puede notar la necesidad imperiosa de la conversión –puesto que es una condición indispensable para la salvación- y la confianza inquebrantable en Dios, que aunque pueda permitir tribulaciones en esta vida –a Santa Bernardita no se le ahorró ninguna en esta vida terrena, e incluso donde más sufrió humillaciones fue en la vida religiosa-, es porque desea que ingresemos a la vida eterna completamente purificados y en gracia, de manera de poder gozar de su visión beatífica por toda la eternidad.




[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 2


         La Inmaculada Concepción es un modelo para toda nuestra vida de cristianos, y lo es particularmente para el acto más importante que todo cristiano debe hacer en cuanto cristiano, independientemente de su estado de vida, y es la Comunión Eucarística.
         Para saber de qué manera lo es, debemos reflexionar brevemente en la Anunciación del Ángel a la Virgen y la Encarnación del Verbo de Dios.
         Cuando el Ángel Gabriel le anuncia a la Virgen que Ella habría de ser la Madre de Dios por obra del Espíritu Santo, la Virgen dio su “Sí” a la voluntad de Dios, pero antes de que el Verbo de Dios se encarnara en su cuerpo virginal y purísimo, la Virgen recibió a la Palabra de Dios en su Mente Sapientísima y en su Inmaculado Corazón.
         Recibió a la Palabra de Dios en su Mente Sapientísima, porque en ningún momento dudó de la voluntad de Dios, ni tampoco opuso, frente a lo que Dios le revelaba por el Ángel, objeciones, dudas, preguntas; su Mente estaba tan plena de la Divina Sabiduría, que se conformaba en un todo con esta, de manera que la Virgen nunca opuso un juicio propio que, por impertinente y orgulloso, entorpeciera o contaminara la Verdad divina de la Encarnación del Verbo en su seno virginal. De la misma manera, así también nosotros, antes de comulgar, debemos hacerlo con la firme certeza de la Presencia real, verdadera y substancial, de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, que está Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, al tiempo que debemos rechazar firmemente todo pensamiento propio que pueda ir en contra de esta Verdad revelada, y mucho menos debemos contaminar esta Verdad de Fe de la Presencia real y substancial de Jesús en la Eucaristía, con duda, herejías, errores, falsedades, sino que debemos ajustar nuestra débil mente, en un todo, a lo que Santa Madre Iglesia nos enseña, con el Magisterio y la Tradición, en este aspecto, y así pasar a comulgar.
         Luego de conocer con su Mente Sapientísima la Verdad de la Encarnación de la Palabra de Dios en Ella y aceptarla sin la más mínima oposición, la Virgen concibió en su Inmaculado Corazón, por su voluntad y querer, a esta Palabra de Dios, que por voluntad y querer del Padre se encarnaba en su seno virginal. Es decir, la Virgen, con su Inmaculado Corazón, amó a la Palabra de Dios encarnada por ser voluntad de Dios, y amó la Palabra de Dios por ser la Palabra de Dios, engendrada en el seno eterno del Padre, y nada amó que no fuera a esta Palabra de Dios y si algo amó fuera de ella, lo hizo por Dios, en Dios y para Dios. De la misma manera, así también nosotros, al ir a comulgar, debemos amar sólo a la Palabra de Dios encarnada, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y nada más que esta Palabra de Dios y si algo amamos que no sea la Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada, lo debemos amar por, con y en la Eucaristía y, con mucha mayor razón, nada profano ni impuro debemos amar, que no sea la Eucaristía.
Por último, luego de recibir con su Mente Sapientísima, libre de errores, y con su Corazón Inmaculado, lleno del Amor de Dios, a la Palabra de Dios encarnada, la Virgen recibió a esta Palabra de Dios en su Cuerpo Purísimo y Virginal, convirtiéndose en Tabernáculo Viviente y Sagrario amantísimo del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera, al comulgar, también nosotros, luego de reafirmar la verdad de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía y luego de amar esta verdad con todo nuestro corazón, santificados por la gracia, y convirtiendo nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo por la gracia y la pureza de cuerpo y alma, debemos recibir en la boca, es decir, en el cuerpo, a la Palabra de Dios encarnada, Jesús en la Eucaristía. Por todo esto, la Inmaculada Concepción es nuestro modelo para la Comunión Eucarística.