viernes, 10 de febrero de 2017

Nuestra Señora de Lourdes y su mensaje para nuestros días


El 11 de febrero de 1858, tres niñas: Bernadette Soubirous acompañada de su hermana y de una amiga, se dirigen a la Gruta de Massabielle, al borde del Gave, para recoger leña, ramas secas y pequeños troncos[1]. Mientras se está descalzando para cruzar el arroyo, oye un ruido como de una ráfaga de viento, levanta la cabeza hacia la Gruta, describiendo así la aparición de la Virgen: “Vi a una Señora vestida de blanco: llevaba un vestido blanco, un velo también de color blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie”. Hace la señal de la cruz y reza el rosario con la Señora. Terminada la oración, la Señora desaparece de repente.
El miércoles 24 de febrero, la Virgen le dice: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.
El jueves 25 de marzo, aunque no hace florecer el rosal silvestre que había pedido el párroco como prueba de la veracidad de las apariciones, la Virgen revela su nombre. Así dice Bernardita: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: que “Soy la Inmaculada Concepción”.
¿Qué mensajes nos deja la Virgen, con su aparición en Lourdes?
Podemos resumirlos en los siguientes puntos:
Es una confirmación, por parte del cielo, de la verdad de la Virgen María, acerca de su Inmaculada Concepción y, por otro lado, de que el Magisterio de la Iglesia está guiado e iluminado por el Espíritu Santo, porque el dogma había sido declarado cuatro años antes por Pio IX (1854). Al mismo tiempo, la Virgen se presenta, para nosotros, como Madre y modelo de pureza, tanto corporal –según el estado de vida: virginidad, castidad, celibato, continencia; al respecto, el católico debe abstenerse de concurrir a espectáculos inmorales como los corsos y carnavales, en donde se ofenden el pudor, la modestia, la pureza y se multiplican las posibilidades de profanar el cuerpo, "templo  del Espíritu Santo"-, como espiritual –nuestra fe debe ser pura como la Virgen y no contaminarse con cultos paganos y diabólicos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, o San La Muerte.
Otro mensaje que nos deja la Virgen es que nos demos de cómo agrada a Dios la pureza y la humildad de corazón, que era algo característico de Santa Bernardita. La Virgen se revela a una joven casi analfabeta, dándole a conocer uno de los más grandes misterios de la Iglesia Católica, su Concepción Inmaculada. Bernardita casi no sabía leer ni escribir, y además el dogma había sido proclamado pocos años antes[2], de manera que no tenía forma de saberlo. Con esta revelación, la Virgen nos demuestra que no se necesita ser graduado en teología ni tener grandes estudios científicos para conocerla a Ella y a su Hijo, sino que todo depende de la gracia de Dios: Dios se da a conocer a quien Él quiere, y lo que lo atrae es la humildad, la pureza y la sencillez de corazón. Dios no se revela a un corazón soberbio, arrogante, orgulloso, lleno de cosas del mundo. Otra virtud importante de Santa Bernardita es la pobreza, tanto de corazón, como material: la pobreza de corazón quiere decir que necesitamos de la riqueza de Dios y su gracia; la pobreza material –la familia de Bernardita era muy pobre, apenas tenían para comer-, quiere decir que no debemos ambicionar dinero, oro, ni riquezas terrenas, sino tener solo lo justo y necesario, puesto que nuestro tesoro es el cielo, y ahí debe estar nuestro corazón.
Otro mensaje muy importante es el de la Cruz, necesaria para ganar la vida eterna. La Virgen le dice a Bernardita: “Yo también te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro”. Esto nos enseña que no debemos buscar la felicidad en esta vida, ni en las cosas pasajeras de esta vida, sino en las cosas del cielo, y el camino que nos lleva al cielo no es otro que Jesús crucificado. La Virgen nos enseña que la verdadera y única felicidad está en la Cruz de Jesús, porque por ella tenemos el camino asegurado al cielo, en donde está nuestra alegría y felicidad.
Otro mensaje que nos deja la Virgen en Lourdes es la necesidad de rezar el Santo Rosario, porque en todas las apariciones, la Virgen vino con su Rosario. Ella también prometió que ninguna gracia que se pida a través del Rosario, dejaría de ser concedida, por eso es que el católico, si necesita algo de Dios, debe pedirlo a través del Santo Rosario, y jamás acudir a magos, brujos, hechiceros, que son servidores del Demonio, además de nunca dar lo que prometen, porque no pueden hacerlo.
Por último, la Virgen en Lourdes nos deja un mensaje muy importante, tal vez el más importante, junto al de la oración, y es la necesidad de hacer penitencia, como modo de reparar por la maldad de nuestros corazones. Si no sabemos cómo hacerlo, la Virgen nos da un ejemplo: le pide a Santa Bernardita que se arrodille y bese el suelo, además de buscar agua con la boca: es una forma de auto-humillación que, unida a la humillación de Jesús en la Cruz, obtiene la conversión y salvación de los pecadores. Nos enseña también que no debemos buscar ser alabados y aplaudidos por los hombres, sino que debemos buscar la única gloria que necesitamos para ir al cielo, y es la gloria de la Cruz de Jesús.




[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/
[2] Solo cuatro años antes, en 1854, el papa Pío IX había declarado aquella expresión como verdad de fe, un dogma.

jueves, 9 de febrero de 2017

Acerca de la Perpetua Virginidad de María y la diabólica herejía de Sor Lucía Caram


La Anunciación del Arcángel Gabriel y la Encarnación del Verbo de Dios
en el seno purísimo de María Siempre Virgen.

(Homilía para la Santa Misa votiva de María, Madre de Dios, 
ofrecida en reparación y desagravio por la pública herejía de
Sor Lucía Caram en contra de la Virginidad Perpetua de María Santísima.
Parroquia San José, Juan Bautista Alberdi, Diócesis de Concepción, 9 de Febrero de 2017)

         En días pasados hemos asistido, estupefactos e indignados, a un artero ataque cometido contra uno de los principales dogmas de nuestra fe católica, el dogma de la Perpetua Virginidad de María. Por lo inesperado y por provenir de quien proviene, una consagrada –Sor Lucía Caram, monja dominica de origen argentino-, recuerda a la traición sufrida por Nuestro Señor Jesucristo de manos de Judas Iscariote. Precisamente, la consagración religiosa tiene su fundamento, su razón de ser y de existir, en la Virginidad Perpetua de María y en la Pureza Inmaculada de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios, el Cordero Inmaculado, sin mancha ni pecado: en ambos, en la Virgen, por ser la Madre de Dios y la Llena de gracia, y en Jesús, por ser el Hijo de Dios y por lo tanto la Santidad y la Pureza Increada en sí mismas, está el origen de la Nueva Humanidad, la humanidad que ha nacido de nuevo por la gracia santificante, que ha sido re-creada a imagen y semejanza del Hombre-Dios. A partir de Jesús y María, la vida del hombre adquiere una nueva dimensión y un nuevo sentido, la dimensión y el sentido de la eternidad, en el Reino de los cielos, en donde ya no habrá “matrimonio” al modo terreno, porque “serán como ángeles”, y el consagrado representa, desde la tierra, este nuevo estado de la humanidad, que es más propia del cielo que de la tierra. Ésta es la razón por la cual un consagrado, que se consagra para testimoniar a los hombres, ya desde esta vida, la vida futura en el Reino de Dios, jamás puede negar la Virginidad Perpetua de María, porque está traicionando su propia consagración.
         Pero además, las declaraciones de Sor Lucía Caram constituyen una ofensa y un ultraje gravísimos a la persona de la Madre de Dios, que fue concebida sin pecado original y Llena de gracia para ser, precisamente, la Madre de Dios Hijo, y por ser la Madre de Dios Hijo, debía, por su dignidad, amar a Dios con el Amor del Espíritu Santo y no estar sujeta a ningún otro tipo de amor terreno y mundano, aun cuando fuera el amor puro de un hombre inigualablemente santo como San José. Si María debía ser la Madre de Dios, debía ser Virgen y Llena del Espíritu Santo, sin pecado original, para concebir por el Amor de Dios y no por el amor humano, y como Madre de Dios, debía dar a luz virginal y milagrosamente a Dios Hijo, y debía permanecer Virgen, como lo permanece, por toda la eternidad, en virtud de su dignidad de Madre de Dios. Negar el dogma de la Perpetua Virginidad de María, además de mancillar su nombre y el de su Hijo, es negar también los otros dogmas marianos, pues todos están interrelacionados.
         Rechazamos, de un modo categórico, total y absoluto, las blasfemas, heréticas y sacrílegas declaraciones de Sor Lucía Caram, difundidas por la televisión española y por las redes sociales; negamos absolutamente lo que esta supuesta consagrada afirmó sin pudor, que María Santísima y San José tuvieron relaciones maritales, al tiempo que afirmamos nuestra fe, de modo inquebrantable, en la Virginidad Perpetua de María, en la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo, en el Nacimiento del Verbo “como un rayo de sol atraviesa un cristal” y en la condición de María Virgen antes, durante y después del parto, tal como nos lo enseñan la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia[1].
         Al mismo tiempo que rezamos y ofrecemos el Santo Sacrificio de la Misa en reparación y desagravio por las desafortunadas declaraciones de Sor Lucía Caram[2] –la “entrevista” completa, de más de media hora[3], abunda en otras blasfemias y finaliza con un durísimo ataque a Nuestro Señor Jesucristo, sobre lo cual no nos explayamos por pudor y para no caer en el agravio personal, pues somos humanos y débiles-, pedimos también por nuestra conversión, admitiendo que también somos pecadores, y por la conversión de todo el mundo.




[1] Cfr. Mt 1, 25; Lc 1, 26-38; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 499: “La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo, ‘lejos de disminuir consagró la integridad virginal’ de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la ‘Aeiparthenos’, la ‘siempre-virgen’”; n. 510: “María ‘fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre’: ella, con todo su ser, es ‘la esclava del Señor’ (Lc 1, 38)”.
[2] Hasta el momento, no sólo no se retractó, sino que ofreció unas pseudo-disculpas, en donde abunda únicamente en auto-elogios hacia su persona.
[3] https://www.youtube.com/watch?v=zSpsInvIak4

martes, 7 de febrero de 2017

Nombre, Origen y Finalidad de la Legión de María


         Para entender el porqué del nombre “Legión de María”, es necesario recurrir a las Sagradas Escrituras, en su primer libro, el Génesis, en donde se revela el pecado original, cometido por los primeros padres, Adán y Eva, porque su caída afectó y afectará a la humanidad hasta el fin de los tiempos[1]. En el relato del Génesis, además del pecado original, se establece una división entre “los hijos de la Mujer” –que es la Virgen- y los “hijos de la serpiente”, quedando así conformados dos ejércitos, ante todo desde el punto de vista espiritual, que lucharán entre sí hasta el fin de los tiempos. El resultado de esta batalla final será la derrota absoluta, completa, total y definitiva de la Serpiente Antigua, al ser aplastada su orgullosa cabeza por el pie de la Virgen.
         Es en este marco histórico-teológico que se enmarca la Legión de María que, como su nombre lo indica, forma parte del Ejército Mariano, el ejército de la Virgen, que es su Generala y Conductora celestial. Esto es lo que se desprende del primer párrafo del Capítulo I del Manual del Legionario, cuando trata del nombre y origen de la Legión: “La Legión de María es una asociación de católicos que, con la aprobación eclesiástica, han formado una Legión para servir a la Iglesia en su perpetua lucha contra el mundo y sus fuerzas nefastas, acaudillados por Aquella que es bella como la luna, brillante como el sol y –para el Maligno y sus secuaces- terrible como un ejército formado en orden de batalla: María Inmaculada, Medianera de todas las gracias”[2].
         La Legión de María es entonces un grupo de bautizados católicos que combate contra otra legión –en el Evangelio los demonios se denominan a sí mismos: “Legión”-, las fuerzas del Infierno, formada por los ángeles caídos, asociados con los hombres que se niegan a reconocer la soberanía y majestad de Dios Trino y por lo tanto no solo no lo sirven, sino que lo combaten. Entonces, desde el nombre, la Legión de María tiene ya establecido su objetivo, que es el combatir en el Ejército Mariano –con las armas espirituales de la fe y la oración-, bajo las órdenes de la Celestial Capitana, María Santísima, contra el Adversario de Dios y los hombres, Satanás. Se trata de una tarea eminentemente espiritual, por lo que un legionario que no viva la espiritualidad mariana, pierde su razón de ser y, si persiste en su acedia, termina combatiendo en el ejército del Adversario.
         Según narra el Manual, la Legión y los legionarios fueron llamados al combate espiritual por la Celestial Capitana, ya desde la primera reunión: “La mesa tenía puesto un altarcito cuyo centro era una estatua de la Inmaculada (de la Medalla Milagrosa), sobre un lienzo blanco, entre dos floreros y dos candeleros, con las velas encendidas. Así quedó cristalizado todo lo que representa la Legión de María. La Legión es un ejército: pues bien, allí estaba la Reina antes de reunirse ellos; estaba esperando el alistamiento de aquellos que Ella ya sabía iban a venir. Ella fue quien los acogió y no al revés y, desde entonces, ellos se han puesto en marcha y luchan a su lado, sabiendo que el salir triunfantes y el perseverar guarda un ritmo exacto a su unión con Ella” (es decir, depende de su unión con Ella)[3].
         En cuanto a su finalidad, el Manual afirma que “tiene como fin la gloria de Dios por medio de la santificación personal de sus propios miembros mediante la oración y la colaboración activa –bajo la dirección de la jerarquía- a la obra de la Iglesia y de María: aplastar la cabeza de la serpiente infernal y ensanchar las fronteras del reinado de Cristo”[4].



[1] GS, 13.
[2] Cfr. Manual del Legionario, Cap. I,1.
[3] Cfr. ibidem. Continúa el Manual: “El primer alistamiento de legionarios de María se hizo en Myra House, Francis Street, Dublín, Irlanda, a las ocho de la noche del 7 de septiembre de 1921, víspera de la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora.
[4] Cfr. Manual, Cap. II.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Nuestra Señora de la Candelaria o Fiesta de la Presentación del Señor


         La Fiesta de la Presentación del Señor, llamada anteriormente “Nuestra Señora de la Candelaria”, al mismo tiempo que cierra las solemnidades de la Encarnación, conmemora la Presentación del Señor en el Templo, el encuentro con los piadosos ancianos Simeón y Ana, (encuentro del Señor con su pueblo) y la purificación ritual de la Virgen María[1].
         Se le llamaba “Nuestra Señora de la Candelaria” porque se tomaba el momento en el que la Virgen ingresa al Templo portando en sus brazos a su Hijo recién nacido, momento en el que Simeón, tomándolo a su vez entre sus brazos, iluminado por el Espíritu Santo, afirma que ese Niño es “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 32). Es decir, cualquiera que viera la imagen de la Presentación del Señor, vería a una joven madre, acompañada por su esposo, que lleva en sus brazos a su niño recién nacido para presentarlo al Señor, como prescribía la Ley para con los primogénitos; vería además, cómo un anciano piadoso, Simeón, lo toma en brazos, mientras es contemplado por Ana. Parece una escena común, y sin embargo, no lo es: la Virgen es Aquella que da a luz a Jesucristo, “Luz del mundo”, el cual se manifiesta al mundo –que vive “en tinieblas y en sombras de muerte”- por medio de Simeón y Ana, la profetisa. Para entender el misterio de Nuestra Señora de la Candelaria, podemos comparar a la Virgen con un diamante: el diamante es una roca cristalina que, a diferencia de las rocas o piedras opacas que refractan la luz, el diamante la atrapa en su interior, y luego la esparce al exterior: de la misma manera la Virgen, Diamante celestial, recibe en su seno virginal a la Luz Eterna, Jesucristo, la retiene en su interior por nueve meses, y luego la derrama sobre el mundo. Ésta es la razón por la cual se llama a la Virgen “Nuestra Señora de la Candelaria”, porque lleva consigo a Aquel que es la Luz del mundo, Jesucristo, y la procesión y bendición de las candelas tiene el propósito de recordarnos este misterio pero, también, de hacernos tomar conciencia de que participamos del mismo, lo cual quiere decir que, si no estamos en gracia, es decir, si no estamos iluminados por Cristo, Luz del mundo”, vivimos en las más profundas tinieblas de muerte, aun cuando estemos alumbrados por la luz eléctrica y la luz del sol. La que lleva la Luz es la Virgen, y los que reciben esta Luz y dejan de vivir en tinieblas, son los hombres, representados en los piadosos ancianos Simeón y Ana. Estas candelas se suelen llevar luego a los hogares, para ser encendidas en caso de presentarse alguna necesidad de oración especial.
A esta ceremonia litúrgica se le llama también “Fiesta Presentación del Señor”, porque según la ley de Moisés (cfr. Éx 13, 11-13), se debía presentar al primogénito en el Templo para consagrarlo al Señor. Por último, la Fiesta también conmemora la Purificación de María, pues toda madre debía también cumplir con el rito de la purificación (cfr. Lev 12, 6-8), aunque, en el caso de María, la purificación era meramente ritual, pues Ella no tenía necesidad de ninguna purificación, por ser Ella la Purísima y por cuanto la concepción del Niño había sido virginal y milagrosa, por obra del Espíritu Santo y sin intervención de varón alguno, y por cuanto también su Nacimiento fue milagroso, preservando su virginidad, permaneciendo la Madre de Dios Virgen antes, durante y después del parto.
Al recordar la Presentación del Señor, recordemos también que Aquella que porta la Luz Eterna e Increada, Cristo Jesús, es la Madre de Dios, la Siempre Virgen María, por lo que debemos pedirle a Ella que se digne derramar la Luz de sus entrañas virginales, Cristo Jesús, sobre nuestras almas inmersas en la oscuridad, en las “tinieblas y sombras de muerte” de un mundo sin Dios.




[1] http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/textos_bib_liturgia/fiestas/feb2_presentacion.htm

sábado, 31 de diciembre de 2016

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios



(Ciclo A – 2017)

         ¿Por qué razón la Iglesia, con su sabiduría celestial, coloca una de las solemnidades más importantes en el mismo inicio del año civil? ¿Es una coincidencia?
         No, no es una coincidencia; es una solemnidad colocada exprofeso al inicio del año civil, y por una razón muy especial. Para conocer esta razón, debemos profundizar en aquello que celebramos en la solemnidad, y es en la condición de María Virgen como Madre de Dios. Que María sea “Madre de Dios” significa que es, verdaderamente, la Madre de Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, porque aunque el Verbo de Dios procede eternamente del Padre, al venir a nuestro mundo lo hizo por medio de la Encarnación, es decir, asumiendo un cuerpo y un alma humanos y nació de María Virgen, constituyéndose la Virgen, en el mismo momento del Nacimiento, en la Madre de Dios, porque enseña Santo Tomás que se llama “madre” a quien da a luz a una persona, y en este caso, la Virgen dio a luz en el tiempo al Dios Eterno, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad. En otras palabras, si bien Jesús es Dios Eterno y, en cuanto tal, es desde siempre, al venir a este mundo, lo hizo a través de María Santísima, luego de asumir nuestra naturaleza humana, y como es la Segunda Persona de la Trinidad, al nacer como un Niño y al dar a luz María a una Persona, se convirtió así la Virgen, sin dejar de ser Virgen, en la Madre del Dios Eterno, Cristo Jesús.
         Es necesario hacer esta digresión para comprender el porqué de tan grande solemnidad al inicio del año civil: Jesús, el Niño Dios, de quien María es Madre, es Eterno, es su misma eternidad, y al entrar en el tiempo terreno, humano, es decir, al entrar en la historia de la humanidad, todo el tiempo y toda la historia humana –el tiempo y la historia de cada hombre en particular- queda “impregnado”, por así decir, de esta eternidad, de manera tal que el rumbo de la historia humana, luego de la Encarnación del Verbo Eterno de Dios, es esencialmente distinto al rumbo previo a la Encarnación: antes de la Encarnación, el hombre –y lo que le pertenece, el tiempo-, estaba fuera de la eternidad de Dios; luego de la Encarnación, y al asumir el Dios Eterno el tiempo humano, toda la historia humana y la historia personal de cada hombre, adquiere un nuevo rumbo, un nuevo horizonte, un nuevo destino, que antes no lo tenía, y es la eternidad divina.
          Esto quiere decir que, con su Encarnación, Dios Hijo ha santificado nuestra naturaleza humana –menos el pecado- y ha santificado por lo tanto el tiempo humano, haciéndolo partícipe de su eternidad. Desde la Encarnación, todo segundo, todo minuto, toda hora, todo día, todo mes, todo año y todos los años del hombre, de cada hombre, adquieren un nuevo sentido, y es el de dirigirse a la eternidad divina o, mejor, a Dios, que es su misma eternidad.
         Si antes de la Encarnación, cada segundo vivido en esta tierra era un segundo que nos apartaba más de Dios, luego de la Encarnación, cada segundo, si es vivido en la gracia de Dios, es un segundo que nos acerca a la eternidad, a Dios, que es la eternidad en sí misma.
         Y esta es entonces la razón por la cual la Iglesia coloca a esta gran solemnidad de la Madre de Dios al inicio del Año Nuevo civil o secular: para que Ella, por quien vino a nuestro mundo y a nuestro tiempo el Dios Eterno, Cristo Jesús, custodie, bendiga y proteja con su amor maternal y celestial, cada segundo del año que se inicia, para que sea un año vivido, en cada segundo, en cada minuto, en cada hora, en cada día, en gracia y de cara a la eternidad, al encuentro del Dios Eterno, Cristo Jesús, que nos espera al final de nuestro paso por la tierra.

Al iniciar el primer segundo de este nuevo año, consagremos nuestra vida y nuestro tiempo a la Madre de Dios, de manera que sea un verdadero Año Feliz, pero no con la felicidad mundana, sino con la felicidad de saber que, más allá del tiempo, nos espera su Hijo, Cristo Jesús, en la eternidad. La Iglesia coloca esta solemnidad al inicio del año nuevo para que consagremos a María todo el año, para que Ella de cada segundo, para mayor gloria de Dios.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Nuestra Señora de Guadalupe


         Debido a que la Virgen de Guadalupe es llamada “Emperatriz de América” y puesto que los bautizados en la Iglesia Católica somos sus hijos y estamos representados en Juan Diego, debemos considerar las palabras de la Virgen, dirigidas a Juan Diego, como dichas directamente a cada uno de nosotros; por lo tanto, debemos meditar y reflexionar profundamente en esas palabras[1].
         Esto es lo que la Virgen le dijo a San Juan Diego:
“Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el Dueño del cielo, Dueño de la tierra”. La Virgen es la Madre de Dios, Perfectísima y Purísima; es la Madre del Creador, del Dueño del cielo y de la tierra, Madre del Creador del universo, visible e invisible; sabiendo esto, ¿por qué hay católicos que acuden a los servidores del Demonio, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, o incluso al mismo Demonio en persona, como la Santa Muerte? El Demonio le tiene terror a la Virgen y la Virgen tiene infinitamente más poder que todo el Infierno junto, entonces, ¿por qué los católicos se apartan de la Verdadera y Única Iglesia y se van a otras religiones y, peor aún, a sectas diabólicas, como el umbandismo, o practican la magia, el ocultismo, la hechicería?
         La Virgen es la Madre de Dios y Dios es la Gracia Increada y por eso la Virgen es la Mediadora de todas las Gracias: ¿creemos realmente en esta verdad? ¿Le pedimos a la Virgen las gracias que necesitamos y lo hacemos por medio del Santo Rosario? Nos quejamos de muchas cosas que nos suceden en la vida y muchas de ellas nos suceden porque con nuestra libertad, elegimos el pecado y no la vida de la gracia; en vez de quejarnos o de acudir a quien no debemos acudir, como los magos, los brujos, los hechiceros, ¿acudimos a la Virgen, por medio del Rosario, sabiendo que la Virgen ha prometido que ni una sola de las gracias que se pidan en el Rosario, dejará de ser concedida? ¿Por qué entonces, en vez de pedir las gracias que necesitamos, a la Virgen, acudimos a quienes sólo nos darán oscuridad, maldiciones y pesares, es decir, las brujas, los hechiceros, los magos?
         La Virgen es Madre de Dios y Dios está en la Eucaristía; sabiendo esto, ¿acudimos a la Eucaristía dominical, para recibir a Dios en el corazón? ¿O dejamos a Dios por un partido de fútbol, por un paseo, por un descanso?
Luego la Virgen le dice: “(Quiero a mis hijos) mostrar (les) y dar (les) todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación (…) porque en verdad soy vuestra Madre compasiva (quiero darles mi amor), a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Sabiendo esto, ¿acudimos a la Virgen en busca de su purísimo amor maternal? ¿Acudimos a la Virgen, invocamos su protección y auxilio en todo momento, confiamos en Ella, le contamos de nuestras miserias, de nuestros dolores y nuestras penas? Y si lo hacemos, ¿esperamos confiados en su ayuda? ¿O, por el contrario, preferimos la “vía oscura”, la vía de los magos y hechiceros?
         Luego de que su tío se agravara en su enfermedad, estando Juan Diego muy angustiado: “Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó”. La Virgen es nuestra “fuente de alegría”, porque Ella es la Madre de Dios, y Dios es “Alegría infinita”, como dicen los santos; ¿creemos verdaderamente en esta verdad? ¿Es la Virgen, y el fruto de sus entrañas, Cristo Dios, la Causa de nuestra alegría? ¿O nos alegramos por motivos mundanos, superficiales, vanos, no sobrenaturales, pasajeros? ¿Es verdaderamente, en nuestra vida personal, de todos los días y en medio de las tribulaciones, preocupaciones y angustias de la vida? Y cuando tenemos estas preocupaciones y angustias, ¿le pedimos a la Virgen, Causa y Fuente de nuestra alegría, que nos dé la Alegría Increada, su Hijo Jesucristo en la Eucaristía?
         Meditemos en las palabras de la Virgen a Juan Diego, y le pidamos la gracia de que se arraiguen profundamente en nuestros corazones y que sean la luz de nuestra vida en la tierra, para que seamos capaces de llegar a contemplar a la Luz Increada, su Hijo Jesucristo, en el Reino de los cielos.
        



[1] http://es.arautos.org/view/show/742-la-virgen-de-guadalupe-a-san-juan-diego

jueves, 8 de diciembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 8


Cuando la Virgen se le apareció a Santa Bernardita, se reveló a sí misma como la Inmaculada Concepción: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esta verdad acerca de la Virgen, había sido proclamada como dogma por el Magisterio de la Iglesia cuatro años antes de las apariciones en Lourdes, por medio del Papa Pío IX. Aunque no lo parezca a primera vista, la declaración del dogma y la condición de la Virgen de ser la Inmaculada Concepción, tienen estrecha relación con nuestra espiritual como cristianos. Para saber la relación que hay entre la Virgen Inmaculada Concepción y nuestra vida espiritual, debemos tener presente que la razón por la que la Virgen fue creada con su alma purísima, sin mancha de pecado –pureza inmaculada que, al momento del alma ser infundida en el cuerpo de la Virgen, le comunicó a este de su propia pureza-, fue porque María estaba destinada a ser, por la Encarnación del Verbo, la Madre de Dios. Es decir, la Virgen fue concebida sin pecado original y Llena de la gracia del Espíritu Santo, porque debía alojar en su seno virginal al Verbo de Dios Encarnado. Desde su concepción, la Virgen se convirtió, con su cuerpo y alma purísimos, en Templo del Espíritu Santo y en Sagrario Viviente de Dios Hijo encarnado, porque la Virgen alojó al Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad del Hijo de Dios hecho hombre. Es decir, la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, porque estaba destinada a recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Dios Hijo encarnado.
¿Y qué relación tiene esta verdad acerca de la Virgen, con nuestra vida espiritual? En que nosotros, que somos hijos de la Virgen, hemos sido llamados, al igual que la Virgen, a recibir al Hijo de Dios Encarnado, que viene a nosotros con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, y para eso, debemos imitarla a María, con el alma en gracia y con un cuerpo casto, convertido por la gracia en templo del Espíritu Santo.

Es decir, la Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción, para recibir al Verbo de Dios con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; de igual manera, nosotros hemos sido adoptados como hijos por la Virgen, para recibir –con el alma en gracia y viviendo en castidad- el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía. Esta es la estrecha relación que existe entre el dogma de la Inmaculada Concepción y nuestra vida espiritual como católicos.
Celebrar la Inmaculada Concepción no se reduce a un recuerdo litúrgico una vez al año, ni significa tampoco una devoción llevada superficialmente: la verdadera devoción a la Inmaculada Concepción implica hacer el firme propósito de evitar el pecado y vivir en estado de gracia santificante hasta el último segundo de vida.